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Walter Benjamin: una breve pero intensa biografía

Llega a las librerías argentinas una biografía del pensador marxista alemán a cargo de Esther Leslie, especializada en la compilación, traducción e investigación de su obra.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Sábado 18 de febrero de 2017 | Edición del día

Se trata de Walter Benjamin: la vida posible, traducción al castellano que la editorial chilena Universidad Diego Portales publicó recientemente, y cuya versión original data de 2007. La autora –docente de estética en la Universidad de Londres, miembro de los comités editoriales de las revistas inglesas Historical Materialism, Radical Philosophy y Revolutionary History–aprovecha su acumulación en el estudio de la obra de Benjamin para lograr un conciso retrato, sencillo pero no por eso superficial, disfrutable incluso para nuevos interesados que no conozcan mucho de la obra del filófoso y crítico alemán.

La tarea de por sí no es sencilla considerando que Benjamin supo entablar debates con autores contemporáneos de lo más disímiles y que su obra escrita se conoce más por compilaciones y rescates hechas muy posteriormente, afectada tanto como su autor de las precariedades de la censura, la persecución, el exilio y la falta de recursos impuestas por el nazismo, suscitando lecturas diversas y en muchos casos encontradas desde su muerte, en 1940.

Pero además la autora hace explícitos dos riesgos en los que se embarca con este libro. En primer lugar, que su trabajo no está exento de ser enmarcado en “una verdadera industria Benjamin” desarrollada en las últimas décadas, que ha aportado enfoques y recursos sin duda fructíferos, pero que también puede fácilmente deslizarse en una moda académica que saque filo a su pensamiento. En segundo lugar, que el propio biografiado “rehuyó la forma biográfica”, incluso en escritos que si bien podrían catalogarse como parte del género de las memorias, funcionan como “antibiografías”: brindan al lector, más que un acercamiento a sus motivaciones subjetivas, un panorama de la historia y el ambiente de los que su vida es, en todo caso, un producto. La aspiración de Leslie es, sin dejar de lado la forma convencional de la biografía, usufructuar algo del procedimiento benjaminiano: situarlo en las “geografías que lo atrajeron y los eventos históricos que lo impactaron y que le dieron forma a sus pensamientos”.

Así es como recorre su infancia, sus amores y amistades, la relación con su hijo, sus colegas y sus avances y retrocesos teóricos buscando historizarlos, enlazarlos con los eventos sociales y políticos de una época que concentró en pocos años grandes definiciones: guerras mundiales, revoluciones, ascenso del fascismo en Europa y del stalinismo en la URSS.

Guiados por Leslie a través de los numerosos viajes de Benjamin podremos ir reconstruyendo cómo el autor pasó de unas escasas referencias a los turbulentos hechos de la política europea, a fines de la década de 1910, a un creciente interés en el marxismo y la política comunista hacia los años veinte, tras conocer la Italia regida por Mussolini o a las experiencias culturales soviéticas en su viaje a Moscú, donde sin embargo ya reconoce algunos de los signos que marcaron el asentamiento del stalinismo, que lo llevó a anotar en su diario que “la restauración había comenzado”. Para la década de 1930 Benjamin reconoce ya que sus perspectivas teóricas estaban alejadas del marxismo “oficial” –al que criticó también en el terreno político por su actuación en las crisis revolucionarias de entonces en Francia, Inglaterra y España–, aunque no por ello renunciaría a considerarse comunista o a avanzar en su estudio del marxismo. Con un balance sin duda positivo sobre su legado, la autora no deja de señalar las contradicciones y debilidades del biografiado en este recorrido.

El libro de Leslie no pretende abarcar los diversos y complejos problemas teóricos que plantea la obra benjaminiana, pero tampoco los elude. Así encontramos esbozados distintas puntas para hilvanar la trama que compone su obra: el descubrimiento en Nápoles de los pasajes y galerías como zona de cruce entre lo público y lo privado que luego, en París, dispararían su ambicioso e inconcluso proyecto sobre la experiencia de la modernidad; sus análisis de la alegoría en el drama barroco que luego analizaría como figura central en Baudelaire y en el surrealismo; sus planes, pergeñados con Brecht, para una publicación que interviniera aunando crítica cultural y crítica política, influenciada por las experiencias del arte de vanguardia de principios de siglo; o sus acuerdos y desencuentros con distintos representantes de la Escuela de Frankfurt sobre la concepción de la historia y la evolución del arte en el capitalismo que, más allá de sus diferendos, sin duda marcaron las elaboraciones de muchos de los marxistas del siglo.

El aspecto teórico más ampliamente desplegado por Leslie será aquel que la autora ya había desarrollado en otros ensayos referidos a la obra de Benjamin –especialmente a “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”–, pero también en relación a la cultura contemporánea. Como dejó asentado Leslie en un artículo publicado en Ideas de Izquierda, Benjamin “analizó lo que las nuevas formas de cultura de masas existentes –la radio, el film, la fotografía, el fotomontaje, los corresponsales de los periódicos– significaban en el esquema más amplio del mundo social, y de qué manera los fenómenos como la reproducción en masa cambiaban las relaciones de los hombres con la cultura”.

El caso del cine le permitirá mostrar a Leslie cómo analizaba Benjamin las posibilidades democratizadoras de este fenómeno –que podría habilitar a la audiencia una percepción colectiva y distanciada que facilitara la mirada crítica–, pero también los peligros que acechaban detrás del star system de Hollywood o el aparato de propaganda nazi, como partes de una industria cultural desarrollada en el marco de las relaciones capitalistas de producción.

En el mismo sentido caracteriza la difusión de la radio, experiencia de la cual participó en Alemania con una serie de emisiones que buscaban superar los límites que la industria cultural le imponía al medio: la separación entre audiencia y “expertos”, su carácter unilateral –de la emisora a la audiencia– sin posibilidad de “retorno”. Los temas y formatos que trabajó Benjamin en la radio buscaban hacer ver a los oyentes sus condiciones de producción: el tipo de discurso que permite el medio y la mercantilización del trabajo cultural. Los alentaba además a comunicarse con la emisora, e incluso ideó una serie de juegos para que los chicos participaran, entreviendo sus posibilidades como “foro democrático” que sin embargo la radio, tal como se manejaba, limitaba. Sus trabajos para la radio son ejemplos de las posibilidades de una crítica cultural que fusionara arte y práctica vital –otra huella de las vanguardias reconocible en Benjamin– donde la audiencia no fuera considerada una mera suma de espectadores aislados y pasivos.

El problema es además importante porque la autora trata de evitar el “conformismo” sofocante dispuesto a limar las asperezas de las tradiciones que no se adaptan al statu quo, conformismo que Benjamin combatió a lo largo de su obra y que Leslie buscaba acicatear, en otro ensayo dedicado a Benjamin que lleva justamente ese título, polemizando con algunas de las lecturas que han pretendido domesticarlo apartándolo de su compromiso con la revolución y con la crítica al lugar dado a la cultura en el capitalismo.







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