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Scioli, el kirchnerismo y la sucesión posible

La pregunta que suena con insistencia en las últimas semanas es por qué el kirchnerismo “duro” fue incapaz de construir su propio candidato y terminó entregado a Daniel Scioli.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Martes 30 de junio de 2015 | Edición del día

Karl Marx escribía en 1851 que la historia actual no puede ser nunca leída como el resultado necesario de la historia pasada. La definición benjaminiana de “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo” opera en el mismo sentido. La resultante de ese método es poder ver las disyuntivas de la historia, donde la voluntad política (individual o colectiva) puede forzar uno u otro camino.

Dicho esto se puede afirmar que Scioli no es el candidato “natural” del “proyecto”, en el marco de que resulta absurdo afirmar que un hecho social puede tener carácter natural, menos aún una candidatura. Pero es el candidato necesario y posible de la evolución del kirchnerismo, evolución determinada por los marcos de su estrategia política.

Toda evaluación del período revela los límites que tuvo el kirchnerismo para articular un proyecto de país en términos reales que estuviera a la altura del país enunciado en términos discursivos o, para usar la lengua oficial, del relato. De esa disonancia emerge el sciolismo.

De estrategias y de resultados

El kirchnerismo, en sentido histórico, fue polarización discursiva + pactos con los poderes reales. Cada batalla emprendida con las corporaciones quedó a mitad de camino (sino al inicio mismo) por las insuficiencias de lo que podría denominarse la “estrategia” kirchnerista. El conjunto de las medidas tomadas y los discursos construidos estuvieron puestos en función del represtigio del poder estatal y, posteriormente, de la continuidad de la corriente política que iniciara esa tarea.

En el terreno de la economía, a doce años de iniciado el ciclo kirchnerista, el poder de las grandes multinacionales se mantiene incólume. Como sostienen los autores de Restricción externa (Crisis, 2014) el proceso de extranjerización de la economía se desarrolló de manera intensiva, ahondando la dependencia de la economía nacional de esos “factores de poder”. De allí que hoy, solo 60 empresas extranjeras tengan un peso decisivo sobre el comercio exterior del país.

Las limitaciones del ciclo kirchnerista se expresaron también en la pelea contra las patronales agrarias. La reciente afirmación de Cristina de que la Resolución 125 fue un “error de cálculo” del entonces ministro Lousteau –algo ya insinuado en el libro "La presidenta…" de Sandra Russo- es la explicación (tardía) de por qué no hubo nuevos intentos de cuestionar al llamado “agro-power”.

En el terreno político, la época kirchnerista estuvo marcada por la continuidad de un conjunto de viejas instituciones, moldeadas al calor de la ofensiva neoliberal. Esto fue admitido infinidad de veces por el discurso gubernamental y los relatos de sus intelectuales afines. Pero mientras una fracción de esos poderes reales se ubicara junto al gobierno en las disputas con el Campo o Clarín, sus pecados eran perdonados.

En una suerte de exégesis derridiana, el discurso se tornó un valor cuasi absoluto. Por eso fue posible, para cierto progresismo, considerar como propios a gobernadores profundamente reaccionarios como Insfrán, Urtubey, Gioja o al mismo Scioli.

El kirchnerismo realmente existente se construyó, a partir de 2005, sobre la base de la confluencia de intereses con el viejo peronismo que, producto de los cambios impuestos por la acción de masas de diciembre del 2001, comulgaba un credo estatalista y a favor de los DDHH.

La casta judicial y la Corporación mediática fueron una suerte de tándem intocable, a pesar de la profusividad del discurso oficialista. La Ley de Medios fungió como dispositivo político-ideológico, más destinado a amalgamar la unidad detrás del gobierno que, efectivamente, a modificar el estado real de los medios. Amén de que fue impulsado recién a partir del año 2009, demostrando el carácter completamente pragmático de la medida.

El hecho de que la Ley, a casi 6 años de su presentación, siga siendo frenada por multiplicidad de fallos judiciales indica que el kirchnerismo tampoco afectó seriamente la composición de la casta judicial. En ese marco, el escenario socialmente conservador construido desde esos mismos medios masivos de comunicación, es una resultante indirecta de límites autoimpuestos por el gobierno nacional.

¿El hombre del destino?

En ese marco, Scioli es la cara explícita del peronismo conservador al interior de la coalición gobernante. Por algo fue el primero en recibir el apoyo de caciques territoriales y de la enorme mayoría de la burocracia sindical. El límite actual para que otras fracciones de esa casta -como Moyano o Barrionuevo- lo apoyen, radica en su identificación con el kirchnerismo. Pero eso empezará a cambiar a partir del 10 de diciembre, si es que efectivamente accede a la presidencia. En el peronismo, quien gana conduce. Y si tiene una caja más o menos airada, reina.

El clima socialmente “conservador” en amplias capas de las clases medias y sectores altos del movimiento obrero es un producto de estas limitaciones del kirchnerismo y de la actual coyuntura de estabilidad relativa de la economía. Hace pocos días, en una interesante columna, Martín Rodríguez planteaba elementos que van en ese sentido.
Scioli resulta así, la expresión del consumo expandido durante el periodo kirchnerista, unido a la ausencia de polarización política. Un peronismo moderado, sin ideología y cercano a la farándula. Un peronismo agradable al paladar de Mirtha Legrand.

Para el poder territorial y de la burocracia peronista tradicional, es la garantía de la continuidad de las prebendas conquistadas en el periodo reciente. Una suerte de “Nunca Menos” de las posiciones mantenidas durante el ciclo kirchnerista.

Se puede volver sobre la pregunta del inicio. ¿Candidato natural? ¿Ontológicamente determinado? No. Candidato posible y necesario de un proyecto que nació a la vida política para, polarización mediante, ir hacia la moderación.







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