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LIDTERATURA // LA VENUS ROJA

Salvadora Medina Onrubia: escritora, pionera, militante

Escritora, anarquista, militante. La primera mujer en dirigir un diario en Argentina, una de las primeras que protagonizó un discurso político-público, la que le arrancó al Estado el indulto para su compañero Simón Radowitsky. Muchas veces olvidada, catalogada como la “esposa de” o "amiga de". Grave error.

Lola Sánchez

Corresponsal Comodoro Rivadavia

Viernes 22 de noviembre de 2019 | 23:00

“Mi heroína es hermana nuestra. En ella estamos nosotras, todas nosotras… Las que no pensamos, las que no sentimos, las que no vivimos como las demás. Las que entre la gente burguesa somos ovejas negras y entre las ovejas negras somos inmaculadas.”

La llamaban “La Venus Roja de la redacción”: fue la primera mujer en dirigir un diario, una de las primeras en protagonizar un discurso político y público, una salvadora de las ovejas negras, una voz rebelde que arremetió contra figuras como Uriburu. Muchas veces olvidada, catalogada como la “esposa de”, “la amiga de”. Grave error. Salvadora Medina Onrubia, en su magnificencia, no puede ser catalogada.

En esta nota hacemos un breve repaso por su vida y obra. Pero quienes estén interesades en conocerla en profundidad, recomendamos el libro ¡Arroja la bomba! Salvadora Medina Onrubia y el feminismo anarco, que contiene más de 15 años de investigación de parte de la periodista Vanina Escales. Próximamente saldrá una reseña en La Izquierda Diario. Por lo pronto, vamos con un repaso breve:

La venus roja contra Uriburu

Salvadora nació en La Plata el 23 de marzo de 1894, y pasó su infancia y juventud en Entre Ríos, como maestra rural entre los 16 y los 19 años. En plena adolescencia y embarazada, abrazó la causa anarquista, un amor que la sedujo y por el que luchó hasta su muerte.

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Allí comenzaría a trastocar los límites de lo femenino y la literatura. Madre soltera, amiga de Alfonsina Storni, escritora, dramaturga, activista de un anarquismo combativo, fue en contra de todas las normas de una Argentina autoproclamada “moderna” a principios del siglo XX.

Salvadora se une a la causa abrazada al emblemático anarquista ruso Simón Radowitsky, con quien intercambiaba correspondencia. Probablemente en el primer discurso político público por parte de una mujer, Salvadora habla por la liberación de su compañero. Tras la negativa, intercede ante el entonces presidente Hipólito Yrigoyen para que Radowitsky fuera indultado, solicitada que consiguió.

Su mayor acto de valentía (y quizás la mayor demostración de la lucidez de su pluma) es la carta que le envía a Uriburu, tras ser encarcelada junto a decenas de activistas, periodistas, obreros e intelectuales, en el marco del derrocamiento de Yrigoyen y la toma del poder de los militares. Salvadora se entera de una solicitada por parte de sus compañeros, que exigen “magnanimidad” hacia la activista por su triple condición “de poeta, de mujer y de madre”.

La autora reafirma su literatura rebelde y pone en jaque la débil masculinidad del General.

“Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado – en este momento de cobardía colectiva-, al atreverse – por mi piedad-, a desafiar sus tronantes iras de Júpiter doméstico. Pero no autorizo el piadoso pedido.

‘Magnanimidad’ implica perdón a una ‘falta’. Y yo, ni recuerdo faltas ni necesito magnanimidades.

Señor General Uriburu: Yo sé sufrir. Sé sufrir con serenidad y con inteligencia. Y desde ya lo autorizo que se ensañe conmigo si eso le hace sentirse más general y más presidente”.

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En un delicado contexto y con la valentía a cuestas, Salvadora acepta su destino y enfrenta al rostro que significa el horror de muchos. A través de las palabras, interpela a un hombre que se cree demasiado hombre por el sillón que ocupa. Demuestra su dignidad intocable ante el sufrimiento, su compromiso con la causa, ideal que lleva escriturado en el cuerpo y en la poesía. Su obra se construye sobre un extraño híbrido entre lo político, lo autobiográfico y lo poético, que apenas comenzaría a tomar forma con los trabajos de periodismo narrativo de los 70’.

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Salvadora firma con la pasión prohibida: el desprecio femenino.

“General Uriburu, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras, y sienta cómo, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio.

Salvadora Medina Onrubia

Cárcel del Buen Pastor, julio 5 de 1931”.

Sexualidad, literatura y política

Otro eje de su literatura de vanguardia fue un estilo de relatos que incluyó la sexualidad, la eroticidad femeninas y la complicidad entre mujeres como un elemento más de la realidad que refleja y construye la ficción.

En "El quinto" -un fragmento del cuento "La casa de enfrente"-, la ficción se asume desde la mirada femenina. No hay un decir explícito sobre el lesbianismo, pero esta mirada femenina recorre el cuerpo otra mujer y concluye: “Sólo puede ir vestida así una mujer que sabe desnudarse”.

Lo más interesante, y esto es un punto que se aprecia mucho en la literatura escrita por mujeres, es que Salvadora construye un relato que incluye a la sexualidad no como relato pornográfico sino como una tierna eroticidad, un encuentro íntimo, cómplice, amoroso.

“Ven -te diría- quédate conmigo. Sé la bienvenida como una hermana joven. Ven, entra (...) Yo te consolaré. Yo soy una maga que sé bellos conjuros de palabras (...) Más tarde, en mi cama demasiado ancha, demasiado baja, dormiremos abrazadas, como dos inocentes”.

Salvadora supo construir un espacio ficcional que trascendió la palabra (como toda literatura comprometida) y amplió el espacio que las mujeres tenían en la ficción y en la realidad social, panorama que la escritora y anarquista supo enfrentar con una dignidad que la mayoría de los hombres de su época no supieron ejercer.

Al final del relato, la pasión permanece como potencia, casi incógnita: “No pude. No fue. Jamás Sabrás”. Pero abre también un futuro, un horizonte para las mujeres de la sociedad argentina que pronto encontrarían un grito colectivo de luchas históricas.







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