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Radio Benjamin

La reciente edición en castellano de una selección de las casi 100 programas de radio que realizara Walter Benjamin para Radio Berlín y Radio Frankfurt, entre 1927 y 1933, permite acercarse no solo a algunos buenos ejemplos de la característica forma del pensador alemán de acercarse a los problemas culturales, sino también a las posibilidades y límites que veía en ese nuevo medio.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Martes 31 de marzo de 2015 | Edición del día

Con la aparición de cada nueva técnica aplicada a la producción cultural surgen los entusiastas y los detractores, los que ven en ella nuevas posibilidades de acceso a la cultura y los que sospechan de su posible manipulación. Esa discusión, que también ocupó a los marxistas en las primeras décadas del siglo alrededor del desarrollo del cine –con las producciones del primer cine soviético y Hollywood como los polos que ejemplificaban esa alternativa–, y que hoy se da en torno a internet, fue también una preocupación de Walter Benjamin cuando comenzó a difundirse la radio como novedoso medio de comunicación, y que puede entreverse en la transcripción de las emisiones que hiciera el autor y compila la editorial Interzona.

En estas breves crónicas se siente el pulso de la exploración del nuevo medio: son habituales las referencias al tiempo que tiene para desarrollar el tema elegido, e incluso compara su tarea con la de un boticario que debe medir cuidadosamente, gramo a gramo, las cantidades de elementos que requiere una preparación. Algunos de los temas elegidos, como la caída del puente ferroviario de Tay por un escaso dominio aún de las técnicas de construcción con el hierro, se extienden más allá del hecho en consideraciones sobre la aparición y desarrollo de la técnica en la historia.

No es la única catástrofe que recopila el libro titulado justamente Juicio a las brujas y otras catástrofes: el volcán en Pompeya, la crecida del Mississippi, el terremoto de Lisboa o el incendio de un teatro chino son algunas de las catástrofes naturales que abordan las crónicas, aunque siempre con la idea de, a través de ellas, dar a conocer rasgos de las sociedades en las que se produjeron. Pero no hay solo desastres naturales sino también catástrofes cuya responsabilidad es estrictamente social. El que destaca el título es el mejor ejemplo: las cientos de miles de muertes provocadas por la persecución estatal a estas mujeres –sobre todo, aunque podían ser hombres también– que supuestamente habían hecho un pacto con el diablo, muestra no sólo la brutalidad de ese ensañamiento sino también cómo el “progreso” de las formas filosóficas y jurídicas puede no sólo reforzar viejas supersticiones sino volverlas aún más dañinas adaptándolas a determinados intereses. Benjamin da cuenta de que la creencia en las brujas tenía una larga historia, pero que no fue hasta que los filósofos la catalogaron y los juristas intentaron reprimirla, que se inició lo que sería una de las matanzas que más siglos llevó detener: “El error y el sinsentido son males suficientes. Pero solo se vuelven muy peligrosos cuando se pretende imponerles orden y lógica. Eso es lo que ocurrió con la creencia en las brujas y por eso es que la tozudez de los eruditos produjo un desastre mucho más grande que la superstición. (…) Pero ahora vienen los peores: los juristas. Y con ello llegamos a los juicios a las brujas, la plaga más espantosa de aquella época, junto con la peste”.
La veta de los “fuera de la ley” recorre otros artículos de la selección: saltadores de caminos, traficantes de alcohol, falsificadores de estampillas. Y de hecho el autor permite preguntarse en alguno de ellos si tales temas son adecuados para un público juvenil, pregunta que reconoce como legítima pero que responde avanzando con sus historias. También en esta veta, lo que se trata es de ver el trasfondo social en que estas actividades se dibujan.

El postfacio del libro, a cargo de Esther Leslie –especialista en la obra de Benjamin que ha colaborado con un artículo al respecto en Ideas de Izquierda donde tomaba aspectos de este problema–, resume bien cómo al filósofo alemán le tocó vivenciar de cerca el desarrollo contradictorio de la radio. La consideró un nuevo medio democrático porque permitía llegar a miles, y dedicó buena parte de su tiempo a estas columnas y sendas obras radiofónicas –para adultos y jóvenes, a los que se dedica esta selección– durante el breve interregno republicano entre las dos guerras mundiales; hasta soñó con la posibilidad de hacerlo interactivo y no unilateral. Pero también llegó a ver cómo las antenas se extendían no con fines culturales sino bélicos, y cómo el nazismo comenzaba a usarla como medio privilegiado de su propaganda.
No fue una sorpresa. Benjamin, quien dedicó una parte importante de su obra a analizar el impacto del cine, la fotografía, los medios y la reproductibilidad técnica de las obras de arte, siempre partió de la idea de que la cuestión nunca estaba en los medios técnicos en sí, sino en el uso que se hiciera de ellos. Por ello ya en estos breves textos, incluso siendo previos a su instrumentación como parte del aparato de propaganda del régimen, ya cuestionaba los núcleos duros de esta configuración contradictoria.

En su breve texto “Reflexiones sobre la radio” de 1931 –paralelo a sus trabajos para la radio–, al igual que cuando analizaba las posibilidades de reproducción de las obras de arte, o el teatro brechtiano, el modelo de la audiencia de Benjamin no era la de un mero consumidor pasivo, sino el de un sujeto que pudiera evaluar, criticar e intervenir en dicha producción. En ese sentido intentaba en sus columnas distintas formas de participación de los oyentes mediante preguntas y votaciones para los espectadores, algo novedoso en su época. Era claro algo limitado, pero Benjamin confiaba en que el medio técnico permitía una redefinición de los roles del productor y la audiencia; si ello tenía límites, no era un problema técnico sino de política.







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