Internacional

Los “Pignanelli” del Partido Socialista y los empresarios franceses

A diferencia del dulce de leche, los “Pignanelli” no son un producto exclusivo de Argentina sino que también se los puede encontrar en Francia.

Jueves 4 de septiembre de 2014 | Edición del día

Laurent Berger, secretario general de la Confederación Francesa de Trabajadores Democráticos (CFDT) -la segunda central francesa en número de afiliados detrás de la CGT -, aunque usando otra metodología, no se queda atrás. Ya lo había demostrado en enero de este año cuando frente al cierre de la fábrica Goodyear en Amiens acusó a los sindicalistas de la CGT, que habían resistido durante años los intentos de despido de la mitad de la plantilla y los cambios en el régimen de trabajo, de ser los responsables de la decisión de cierre de la multinacional yanki. Berger tiene además el “mérito” de ser parte de las centrales sindicales que avalaron la Reforma de Contratos de Trabajo (ANI), que beneficia abiertamente a la patronal y es uno de los pocos que aceptó el llamado “Pacto de responsabilidad”, que es un simple regalo de miles de millones de euros en rebajas impositivas a los empresarios.

Hoy día este “Pignanelli” francés está furioso. ¿El motivo?, adivinen: ¿Será porque la patronal quiere romper el Pacto de Responsabilidad sin hacer el menor compromiso en la creación de nuevos empleos? ¿Será porque el gobierno amenaza con dejar atrás el diálogo social (ya que aún teniendo a Berger como su principal interlocutor es una molestia para un gobierno que necesita acelerar las contra-reformas contra los trabajadores)? ¿O, será porque el actual ministro de Trabajo -igual que ayer Sarkozy- ha iniciado una caza populista contra los desocupados, dándole instrucciones a Pôle emploi (agencia nacional que registra los desempleos) para reforzar los controles sobre los desocupados y que se conozcan los destinatarios de los seguros de desempleo que se niegan a aceptar los trabajos precarios, mal remunerados que les ofrecen?

Ninguna de estas opciones. Laurent no está enojado por nada de eso. Nuestro “Pignanelli” francés se dice “estupefacto” porque la palabra “empresa” ha sido silbada durante el discurso de Manuel Valls, el primer ministro, en la Universidad de verano del Partido Socialisa del pasado fin de semana. Como declaró en la entrevista al diario patronal Les Echos, el pasado martes 2/09: “Hay una parte de la mayoría que hizo su evolución cultural sobre qué son las empresas (...). Una parte solamente,[se queja Laurent Berger]. Esta evolución, la CFDT la ha hecho hace veinte años”.

La entrega abierta del régimen de jubilación de los empleados públicos en 2003, después de semanas de huelga y de lucha, o su rol abiertamente carnero durante la gran huelga general de 1995 frente al plan Juppe, -por entonces Primer ministro de Chirac y hoy alcalde de Bordeaux y candidato por el UMP-, no deja lugar a dudas sobre esta evolución. Hoy en día más y más la CFDT se ha transformado en la correa de transmisión del gobierno y de la central patronal del MEDEF.

Su evolución no tiene nada de novedoso en momentos de crisis y aguda declinación como la que sufre el capitalismo francés y el carcomido régimen de la V República.
Hace más de 70 años, a pocos meses de ser asesinado por un agente de Stalin, el revolucionario ruso León Trotsky, explicaba esta evolución de las dirigencias sindicales frente a una situación de grave crisis económica: “La intensificación de las contradicciones de clase dentro de cada país, de los antagonismos entre un país y otro, producen una situación en que el capitalismo imperialista puede tolerar (claro que por cierto lapso) una burocracia reformista, siempre que ésta le sirva directamente como un pequeño pero activo accionista de sus empresas imperialistas, de sus planes y programas, tanto dentro del país como en el plano mundial”.

Diferenciándose en los métodos según la ubicación del país y su jerarquía a nivel mundial -Pignanelli en un país semicolonial como Argentina, Berger en un país imperialista como Francia– estos dirigentes son la mejor expresión de cómo la burocracia que se ha apropiado de nuestras organizaciones sindicales se convierten en los mejores accionistas de sus respectivos empresarios, apoyando los planes de ajuste y justificando los despidos sin dudar en oponerse a los propios trabajadores que dicen representar.







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