Política

CASO NISMAN

La despedida de Nisman, escenario de cruces políticos

El entierro del fiscal en el cementerio israelita de La Tablada. Las declaraciones de su familia y en especial de su exesposa, la jueza Sandra Arroyo Salgado y los políticos que se hicieron presente en la ceremonia.

Mirta Pacheco

@mirtapacheco1

Viernes 30 de enero de 2015 | Edición del día

Promediando la mañana del jueves, el cortejo fúnebre que llevaba el cuerpo de Alberto Nisman llegaba al cementerio israelita de La Tablada, en La Matanza.

En las cercanías del cementerio se había dispuesto un fuerte operativo policial para preservar la intimidad de la ceremonia, cerca de 400 policías estaban destinados en las inmediaciones para cuidar que las personas que se habían acercado, cerca de 200 que enarbolaban carteles que decían “Yo soy Nisman”, “Justicia” y consignas contra el gobierno nacional; permanezcan a dos cuadras de la entrada del predio.
Fue todo un símbolo (y un mensaje al gobierno) de la posición que tiene la familia, allegados, y representantes de la DAIA acerca de que al fiscal Nisman lo asesinaron, el lugar donde eligieron enterrarlo: fue sepultado en las parcelas destinadas a “los mártires”. Allí también están enterradas las víctimas del atentado a la AMIA. En ese acto descartaron de plano que el fiscal se haya suicidado.

La ceremonia privada, donde se despedían los restos de un hombre cuya dudosa muerte provocó un cimbronazo político a un gobierno que pretendía transitar su fin de ciclo con aguas más o menos calmas, también estuvo cargada de mensajes que necesariamente tenían que trascender lo íntimo.

Esos mensajes de despedida estuvieron a cargo, en primer lugar, de la jueza federal Sandra Arroyo Salgado, su exesposa: “…tengo la certeza de que esto fue obra de otra persona”. Luego agregó que “como colega del derecho sé que confías en mí. Como magistrada tengo que pedirte perdón, porque sigo perteneciendo a este Poder (NdR.: Judicial) y hoy siento que no sé si se está trabajando como deberían trabajar”.

La ceremonia fue dirigida por el rabino Marcelo Polakoff, quien cobrara notoriedad allá por diciembre del 2013, cuando a pedido del derechista gobernador de Córdoba José Manuel De La Sota, medió con la policía auto acuartelada.

Además de la jueza Arroyo Salgado, fueron oradores el filósofo Santiago Kovadloff, conocido por sus columnas en el diario La Nación de tono marcadamente opositor al gobierno y con guiños a la oposición patronal; el vicepresidente de la DAIA Waldo Wolff y el titular de la Asociación de Fiscales Carlos Donosa Castex, asociación de la que formaba parte Alberto Nisman. Recientemente la jueza que lleva adelante la investigación por la muerte de Nisman rechazó el pedido de Castex para que la agrupación que preside se presente como querellante.

Fueron pocos los políticos opositores de derecha que se hicieron presentes en la ceremonia, en su gran mayoría del PRO: Patricia Bullrich, la “Borocotó” de la política argentina, planteó ante los micrófonos que esto era “como enterrar a un pedazo de la República, porque lo que ha pasado es muy serio y grave. Bullrich ahora preside la Comisión de Legislación Penal en la Cámara de Diputados, y reporta a la campaña política de Mauricio Macri. No está de más recordar que Macri está imputado por escuchas ilegales, incluso a familiares de víctimas de la AMIA.

También estuvieron en la ceremonia Guillermo Montenegro, Ministro de Justicia y Seguridad porteño, el que dirige la Policía Metropolitana y mantiene una muy buena relación con Berni, el secretario de Seguridad nacional. Ambos suelen asociarse para reprimir protestas sociales o llevar adelante desalojos.

Otro hombre del PRO que se hizo presente fue Hernán Lombardi, ministro de Cultura del macrismo. Además de los hombres y mujeres del derechista PRO, estuvo en el cementerio Israelita la inefable Lilita Carrió, hoy coqueteando con el macrismo.
También participaron la embajadora de Israel en la Argentina, Dorit Shavit; los presidentes de la AMIA, Leonardo Jmelnitzky, la DAIA, Julio Schlosser y el representante del Congreso Judío Latinoamericano, Jack Terpins.

El día anterior por la noche en el velatorio, que tuvo lugar en el barrio de Nuñez, se acercó el nuevo embajador norteamericano en el país: Noah Mamet. Conociendo los antecedentes de Nisman, es decir su apego a las oficinas de la embajada de EEUU para que le dieran indicaciones de los pasos a seguir en “la investigación” sobre el atentado a la mutual judía, se podría pensar que el embajador fue a despedir a un hombre que prestara buenos servicios a esa potencia extranjera.

Las exequias de Alberto Nisman, más allá del dolor absolutamente respetable de su familia, se convirtió de este modo en un acto político de la oposición de derecha contra un gobierno sumido en una crisis producto, de su pragmatismo en la política internacional, de sus responsabilidades en el encubrimiento en la causa AMIA, y de su complicidad con lo más putrefacto de las instituciones del Estado: las mafias de los servicios de inteligencia.







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