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Cuento: “Gatos en el tinglado de zinc”

¿Sufrís de ansiedad? ¿No podés dormir? Siempre se puede culpar del insomnio a los gatos que garchan en el tinglado de zinc. Un cuento breve de Lautaro Pastorini.

Lautaro Pastorini

@lautarillodetormes

Sábado 14 de diciembre de 2019 | 00:00

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Y no sé, no sé, no sé. No sé si es ansiedad en realidad. No sé. Para mí son los gatos. Ya sé, ya sé, ya sé lo que me vas a decir: que no son los gatos, y yo te digo que si, y no nos vamos a poner de acuerdo, Migue.

Vos me decís que yo soy ansioso, que no duermo, y es verdad, es verdad que yo no duermo pero no es ansiedad como vos decís. Son los gatos, los gatos en el tinglado de zinc que se ponen a garchar cuando me voy a dormir. Y cuando me acuesto, los gatos se trepan al tinglado de zinc y se ponen a garchar, y no me duermo.

Ponete en mi lugar un poco, imaginate que te caminaste todo 27, te subiste a todos los colectivos, y comes una boludez liviana, bien liviana para dormir liviano, y así y todo, empezás a escuchar las uñitas esas que tienen, que se agarran fuerte del marco de la ventana y se saltan al tinglado de zinc.

Yo sé que vos pensás que yo estoy loco. Pero yo no estoy loco, Migue, se escucha muy bien como el gato se agarra del marco de la ventana del vecino y se salta al tinglado de zinc a garchar con los otros gatos. Y yo doy vuelta, viste, doy vuelta, me enrosco en la sábana, porque los escucho a los gatos en el tinglado zinc maullar, llamarse en código para garchar, y yo que tengo el sueño liviano, me enrosco en las sabanas, me tapo con la frazada, con la almohada, y no puedo dormir, porque los gatos están ahí llamándose para garchar como los chanchos. Y pienso, y busco pensar en otra cosa distinta, y le doy vuelta porque me acuerdo del cachetazo, y doy vuelta de nuevo, y me enrosco y prefiero escuchar a los gatos, pero no los puedo ver. Los gatos no se dejan ver. Vos sabes cómo son los gatos que no se dejan ver cuándo van a garchar. Y entonces me asomo un poco porque no me puedo dormir, y nunca los puedo ver garchar porque encima ni bien escuchan algún ruidito, los gatos, que se juntan a garchar en el tinglado de zinc, se esconden todos. Encima se hacen los vergonzosos, y me escuendo, y los gatos del tinglado de zinc se ponen a merodear de nuevo, y empiezan a chilllar, y yo me enrosco de nuevo en la sabana. GATOS DE MIERDA. No puedo más, no es ansiedad te digo, son los gatos. Son los gatos los que no me dejan dormir. Le doy vuelta de nuevo, me enrosco en las sabanas y no quiero pensar en los gatos, pero me acuerdo del cachetazo, de la vergüenza en la calle, de quedar como un gil con el canasto en el brazo.

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Me ganaron la esquina, boludo, me ganaron la esquina. Y prefiero pensar en los gatos ¿sabes? Prefiero pensar en los gatos, en los gatos garchando. ¿Ansioso? Si, si, te puedo reconocer un poco. Pero no porque esté preocupado por el cachetazo. No, no, no es por eso. Ni porque mañana tengo que ir a poner la caripela de nuevo, y comerme la verdugueada. Tampoco, tampoco. Son los gatos en el tinglado de zinc, que se ponen a garchar. Yo no los veo, pero se escuchan como un bebe chillando. Es horrible. Chillan como bebe los gatos. Me los imagino, ¿vos sabes? Me los imagino ahí, a los gatos en el tinglado de zinc, chupándose las bolas. Ya sé que no hacen eso, ya sé, ya sé. No sé si no hacen eso. Pero me imagino a veces, como que me imagino que a veces hay un gato negro de mascarilla ¿viste? y se pone encima de otro gato color medio mestizo, agachadito, gauchito, mientras uno color cobrizo mira medio escondido toda la jugada fumándose un cigarro.

Y yo ahí, yo ahí Migue, sin poder dormir, porque encima cuando me quiero dar vuelta, pienso que me la morfé, que me la tuve morfar, que para qué me hice el vivo ¿Para qué? ¿Me podés explicar? Si yo ya tengo mi ruta, para que fui a esa esquina. Encima es grandote el negro. Es enorme el negro. Me dio una vergüenza, Migue, una vergüenza me dio. En la calle, loco, en la calle. Me tiro el canasto, Migue. Yo le dije, te juro que le dije, que yo solo trabajaba para dios. Pero me tiro el canasto, me lo tiro. ¿Y sabes que hice, Migue? ¿Sabes que hice? Seguí caminando derechito. Así como si no hubiera pasado nada. Y no puedo dormir, y quiero dormir, pero no puedo dormir. Por eso yo digo que el problema no es la ansiedad, no es la ansiedad lo que no me deja dormir. Son los gatos, Migue, son los gatos.







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