SEMANARIO

A 29 años de las huelgas ferroviarias que desafiaron a Menem

ENTREVISTA A MARCELO "CUCHA" GONZÁLEZ

ENTREVISTA

A 29 años de las huelgas ferroviarias que desafiaron a Menem

Walter Moretti

Ariel Mancuso

En la presente entrevista Marcelo “Cucha” González nos presenta un panorama de las enseñanzas y la intervención de la izquierda en una de las principales huelgas obreras contra la ofensiva neoliberal de los años ‘90.

El 14 de febrero de 1991 comenzaba la histórica huelga ferroviaria que se extendió a lo largo de 45 días, enfrentando el plan privatizador de Menem, y que tendrá su continuación un año más tarde. Para conocer esta gran lucha obrera, entrevistamos a Marcelo "Cucha" González, en aquel momento maquinista de la seccional Tolosa del ferrocarril Roca.

“Aquellas huelgas no solo fueron mi bautismo de fuego en la lucha de clases, sino que a partir de ellas me hice trotskista e inicié mi militancia en el PTS”; con esas palabras nos recibe Marcelo en su casa de Florencio Varela.

El “Cucha”, como se lo conoce entre sus compañeros, no solo fue protagonista de las huelgas de 1991 y 1992 como activista del sindicato La Fraternidad (maquinistas). En estos 29 años fue un incansable luchador antiburocrático; impulsor y tenaz militante por el pase a planta de los tercerizados en la Unión Ferroviaria en el 2011, organizador de la oposición al burócrata José Pedraza y un activo colaborador en la organización de los señaleros del ferrocarril Roca. Esta trayectoria le costó el despido en dos oportunidades, y en ambas fue reincorporado. Una personalidad obrera que sigue defendiendo la bandera de la unidad de las filas ferroviarias –históricamente divididos en cuatro sindicatos diferentes–. Precisamente, la huelga del 91 fue el primer intento por superar esa división.

“Hoy, ante el fraccionamiento de nuestra clase impuesto por el neoliberalismo, luchar por la unidad de nuestras filas es de vida o muerte”, agrega Marcelo.

¿Cómo fueron aquellos años del gobierno de Carlos Menem?

El brutal golpe hiperinflacionario de 1989 y los saqueos a los supermercados con 14 muertos se llevó puesto al gobierno de Raúl Alfonsín, y Menem, que había triunfado en las elecciones, se vio obligado a adelantar su asunción. En 1990 hubo un segundo golpe hiperinflacionario y recrudecieron las “Marchas del hambre”.

A su vez el colosal aumento del costo de vida, las suspensiones y despidos desataron una oleada de resistencia entre los trabajadores. En 1989 se registraron más de 400 conflictos. En sus dos primeros años (1989-1991) el gobierno de Menem estuvo atravesado por una inestabilidad política que llevó a dos cambios en su equipo económico, ante el fracaso de contener la crisis.

Pero esa resistencia obrera se chocó con dos hechos. Por un lado, a nivel de las masas, ante el desastre alfonsinista Menem aparecía como un “mal menor” y existían -aunque limitadas en principio- expectativas en el anunciado “Salariazo” y la “Revolución Productiva”. Junto con esto hubo un salto histórico en la integración de la burocracia sindical al Estado; los principales sindicatos se integraron al “Consejo Gremial del Trabajo” y se convierten en un freno a la resistencia y en un sostén fundamental para el gobierno. Un sector de la burocracia se va a convertir directamente en empresaria; años después pasarían a conocerse como “Los Gordos”. A su vez, la burocracia reformista encarnada por el dirigente cervecero Saúl Ubaldini –que en aquellos días conducía la CGT Azopardo– era derrotada como parte de su impotencia política. El historiador Julio Godio cuenta que el propio Ubaldini le entregó en mano la llave de la CGT Azopardo a Raúl Amín, dirigente del SMATA y nuevo Secretario General de la CGT San Martín. De hecho se reunifica la CGT y se sella la crisis definitiva del ubaldinismo.

Ya durante la dictadura militar y luego el gobierno de Alfonsín comenzó con el plan privatizador del FFCC. En 1970 había 3000 locomotoras que se redujeron a la mitad 10 años después; los vagones de carga habían pasado de 86000 a 40000 en 1980.

El 1 de marzo de 1990, en medio del ataque al conjunto de los estatales, surge un primer conflicto ferroviario frente al anuncio de Menem la privatización del los FFCC. La Coordinadora Intersindical Ferroviaria que había surgido por fuera de los sindicatos, llama a movilizarse y coordinar con los estatales para enfrentar juntos el plan de Menem.

Pero antes Ubaldini dio sus servicios al menemismo: el 21 de marzo de 1990, ante una Plaza de los Dos Congresos colmada por una multitud que le exigía el paro general, nos respondió que “había que esperar el momento oportuno” –él se murió y yo me quedé esperando el momento oportuno… ¡que nunca llegó! Luego, junto al secretario general de los telefónicos Héctor Esquivel, fue responsable de la derrota de los telefónicos en su lucha contra la privatización de la empresa estatal de telecomunicaciones (ENTel) unos meses antes de que saliéramos nosotros a la lucha.

Entonces, ¿la huelga de 1991 fue una suerte de “segundo round” en la pelea contra las privatizaciones?

Sí. La derrota de los telefónicos le dio más aire al gobierno para venir por nosotros; en La Fraternidad existía una interna burocrática entre Ernesto Jaime y Horacio Caminos que llevó a las seccionales “rebeldes” a llamar un paro el 5 de febrero. La bronca de la base producto de la inflación (90 % anual) y la falta de respuesta de la burocracia sindical motivó que el paro fuera un éxito. El reclamo principal era por aumento de salarios y la defensa de los convenios. El ferrocarril Roca, el Sarmiento quedaron totalmente paralizados y parcialmente las líneas San Martín y Mitre del conurbano.

La contundencia del paro obligó al giro de la burocracia para romper la huelga desde adentro. El 11 de febrero se realizó un plenario en la sección “Kilo 1” (Constitución), entre delegados señaleros, de la UF y las "seccionales rebeldes" de La Fraternidad. Allí se dio un gran debate alrededor de si parar el 18 (junto a la convocatoria de La Fraternidad) o mantener el paro del 13 y el 14 de febrero; triunfa esto último y el 13 vamos al paro por 48 horas. El gobierno envía los primeros telegramas de despido, y la respuesta fue el lanzamiento del paro por tiempo indeterminado que se extendería, en su primera parte, por 45 días. Las seccionales de La Fraternidad en lucha pasaban a ser 78 (85 % del gremio) y también se unirían dos seccionales de señaleros, los talleres de Liniers y los guardas de la seccional Castelar de la Unión Ferroviaria. Por primera vez se tendía a superar la división en cuatro gremios que reinó históricamente entre los ferroviarios. Fue así que surgieron la Mesa de Enlace y el Plenario de Delegados votados en asambleas. Una inédita tendencia al frente único obrero para defendernos del ataque de Menem. La lucha se hizo popular entre la opinión pública, se realizaron actos, un festival en el Obelisco y una movilización a Plaza de Mayo; también se discutió su funcionamiento. El fondo de lucha se volvió central y se organizaron peñas y festivales por todo el interior del país para recaudar dinero, indispensable para mantener el conflicto que ya llevaba varios días. En estas jornadas solidarias se expresó el gran apoyo que había entre usuarios y usuarias. Esta enorme solidaridad se extendió a todo el país. Para ese entonces ya habían transcurrido las primeras semanas de huelga y comenzaba a forjarse un nuevo activismo; se organizaron diversas Comisiones de Mujeres y se imprimió un boletín de huelga.

Ya se expresaba una importante predisposición e iniciativa obrera…

Así era. Además del fuerte apoyo popular, el activismo crecía. Menem jugaba al desgaste y al terror, con cientos de despidos y cierre de ramales. Esta presión se contrarrestaba sumando cada día a más seccionales del interior que se unían al paro, dando una enorme moral a nuestra lucha. En ese momento no había ni internet ni celulares, y el único medio de comunicación era el teléfono fijo de la seccional; cada vez que sonaba y se anunciaba que una nueva seccional del interior había entrado en paro, una muestra de júbilo interior nos salía a todos; recordarlo me emociona. La huelga era golpe a golpe.

El gobierno se veía enfrentando una huelga que superaba sus cálculos iniciales, y para tratar de revertir la situación intentó poner en funcionamiento de uno de los principales ramales de carga –que unía Rosario con el puerto de Ingeniero White en Bahía Blanca– para romper la huelga. Un contragolpe planeado para debilitar nuestras fuerzas. Pero la maniobra fue un rotundo fracaso; los seis señaleros que integraban la Seccional Coronel Pringles –un punto neurálgico del ramal en cuestión– se reunieron en asamblea y resolvieron desviar la formación rompehuelgas, que quedó atascada en medio de la pampa bonaerense. Aquel pequeño grupo de compañeros hizo valer su posición estratégica de los ferroviarios basada en el transporte cotidiano de mercancías y de millones de trabajadores en el GBA. Este round terminó con aumento de salarios y la reincorporación de los despedidos, aunque no se cuestionó el plan privatizador.

Volvamos sobre la experiencia de la Comisión de Enlace. ¿Cómo intervino la izquierda?

El surgimiento de la Comisión de Enlace fue un hecho inédito; funcionaba como un "comité de huelga" integrado por seccionales de La Fraternidad, algunas del gremio de Señaleros y un par de la Unión Ferroviaria (guardas de Castelar y los talleres de Victoria), pero no se pudo extender al resto de la UF. Su dirigente José Pedraza que había surgido como uno de los principales dirigentes ubaldinistas fue el responsable de blindar al gremio ferroviario más numeroso.

La Comisión de Enlace funcionaba en base a un plenario de delegados con mandato de base; allí se producían los principales debates y es donde el activismo de base participaba activamente.

En la Comisión tenía preponderancia el Proyecto Político de los Trabajadores (PPT), una organización que era parte del estallido del ubladinismo, el post-ubladinismo del que también surgió la CTA. Su principal referente era el directivo de La Fraternidad Horacio Caminos; el radicalismo mantenía una influencia muy importante en el sindicato de los maquinistas. Por su parte el viejo MAS (Movimiento Al Socialismo) dirigía o codirigía cinco seccionales de La Fraternidad (Temperley, Kilo 1, Kilo 5, Escalada y Tolosa) y también codirigía un par de seccionales del gremio de Señaleros.

El ubaldinista Caminos utilizaba el prestigio alcanzado como uno de los principales dirigentes de la Comisión de Enlace para librar su interna en la conducción de La Fraternidad, que disputaba con Jaime y los radicales que tradicionalmente mantenían un peso significativo en el sindicato. El MAS fue incapaz de constituirse como un ala independiente; con ellos codirigía varias seccionales. Como parte de su creciente adaptación a la democracia para ricos, el MAS no tenía el norte de construir fracciones revolucionarias en los sindicatos e impulsar el frente único defensivo que permitiera utilizar las posiciones conquistadas con las seccionales “rebeldes” y la propia Comisión de Enlace para disputarle la base a los dirigentes burocráticos. Su estrategia en los sindicatos se limitaba a la formación de “nuevas direcciones” con sectores conciliadores, reformistas y semi burocráticos, abandonando la lucha por la autoorganización obrera y la lucha por recuperar los sindicatos sobre la base de la independencia de clase y superar la división corporativa construyendo un sindicato único de los trabajadores del riel.

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A su vez el MAS luego de la primer huelga de 1990, no intentó ningún tipo de coordinación contra las privatizaciones como YPF o Somisa, etc. Su política era la denuncia total de la burocracia ubaldinista sin ningún tipo de exigencia. Todo debía desarrollarse “por abajo” frente a la traición de los dirigentes. Ya en esos conflictos de 1991 y 1992 no levantará la perspectiva de lucha contra la privatización (adaptándose a los reclamos sindicales) ni tampoco impulsaba comités de usuarios para afianzar la unidad obrera y popular que solo podía hacerse identificando a los usuarios con la lucha contra la privatización donde se verían afectados. Solo se limitaba a llamar a apoyar el fondo de huelga. Ante el cierre de estaciones se limitaba a realizar actos donde el centro estaba puesto en la movilización de su militancia. Esta política fue desastrosa sobre todo en la huelga de 1992 cuando el gobierno se jugó con todo a poner en contra a los usuarios del FFCC.

Para el MAS los ferroviarios solos podíamos imponer la huelga general para derrotar a Menem. Una posición absolutamente corporativa que anulaba la alianza de clases para enfrentar la ofensiva menemista.

En la huelga ferroviaria volvió a expresarse su estrategia de “luche y vote”, es decir la intervención en la lucha y en las elecciones por fuera de una estrategia revolucionaria.

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Las derrotas en telefónicos y en la segunda huelga ferroviaria aceleró la crisis del MAS y su posterior estallido ocurrido en el Congreso de 1992 donde surgieron el MST y luego diversos grupos.

Al día de hoy ellos siguen sin sacar las mínimas lecciones de aquella histórica huelga; algunas voces incluso hoy llegan a plantear que deberían haber levantado el paro a los pocos días de iniciado porque la situación internacional era reaccionaria (¡!).

Quizás el MAS no estaba en condiciones de revertir el desenlace final de la huelga, pero sí podría haber evitado el profundo escepticismo entre su militancia y el activismo que influenciaba.

¿Cómo se diferenció el PTS?

El PTS se había fundado recién tres años antes de que estallara la huelga, y aún no contaba con militantes ferroviarios, yo fui pionero. Por lo tanto las diferencias de fuerzas con el MAS eran abismales; pero a pesar de eso, el PTS concentró su intervención en la seccional Tolosa a través de la posición y el prestigio ganado como parte del Astillero Río Santiago –que en aquel momento ya venía enfrentando las amenazas de privatización, que finalmente derrotó–, ellos nos convocaban a impulsar la coordinación de las luchas. Este fue mi primer acuerdo con el PTS y su política fue apoyada por nuestra seccional; en el mes de abril participamos del Segundo Plenario de delegados y activistas convocado por los trabajadores del Astillero Río Santiago. También había surgido la Interestatal, que reunía a trabajadores y trabajadoras de los principales ministerios y establecimientos públicos de la ciudad de La Plata; y se realizaban movilizaciones repudiando la invasión norteamericana a Irak. Frente a este potencial, los dirigentes ubaldinistas se encargaron de bloquear esta experiencia de coordinación obrera hacia el resto del ferrocarril. A pesar de su boicot, recuerdo que terminamos realizando un acto común con delegaciones del Astillero y de docentes en la puerta de la estación de La Plata.

¿Cómo se llega al desenlace de la huelga?

Mientras el gobierno avanzaba en sentar las bases para la privatización, realizó una oferta de aumento salarial del 100 % y la reincorporación de los despedidos mediante un recurso administrativo; hasta aquí los despedidos sumaban más de 1.500. Aunque el aumento no conformaba al conjunto de la base en lucha, se empezó a discutir en los plenarios. Los 40 días de una lucha muy dura se hacían notar en sectores de la base.

La mayoría de las seccionales aceptaron levantar el paro pero desde la seccional Tolosa, planteamos que sin los despedidos adentro no se podía levantar la huelga. Se pudo imponer ese planteo de la base, que volveríamos a trabajar con los despedidos a la cabeza.

El 28 de marzo cuando los despedidos se presentaron a sus puestos de trabajo se encontraron con la sorpresa de que no los dejaban tomar servicio. Esto provocó un inmediato llamado a continuar la huelga. El gobierno retrocedió.

Me acuerdo de un reportaje televisivo a Jaime (secretario general de La Fraternidad) donde le dijo a una periodista "Señorita ¿de qué paro me habla? ¡Desde anoche los trenes funcionan con normalidad!” cuando el paro seguía.

El sábado 30 de marzo los primeros trenes comenzaron a correr con los despedidos al frente. Fue un triunfo importante (aunque parcial) de los ferroviarios que peleamos a brazo partido durante 45 días contra un gobierno durísimo, la dirección de los sindicatos y la CGT.

No se logró el aumento que pedíamos, pero fue mucho más de lo que el gobierno estaba dispuesto a dar. Se pudo reincorporar a los despedidos por parar y se reconocieron los días de huelga pero seguía firme la amenaza de la privatización. Así llegamos al desenlace de la huelga de 1991.

Hace un tiempo, leyendo el libro “Estrategia socialista y Arte militar” de Emilio Albamonte y Matías Maiello que aborda el problema de la estrategia revolucionaria utilizando conceptos del general Carl Von Clausewitz en su obra De la guerra pude comprender con mayor profundidad que en aquel momento el gobierno de Menem solo había decidido “suspender el combate”.

Esto fue lo que realmente ocurrió en los meses que fueron desde aquel “reposo” del 91 y el reinicio de la huelga en 1992. En este tiempo Menem se fortaleció; avanzó en su subordinación al imperialismo norteamericano (intervención en la Guerra de Irak). El 2 de enero de 1992 entró en vigencia la Ley de Convertibilidad, que le permitió afianzar una inédita alianza de clase que abarcaba desde “La Recoleta hasta La Matanza”; nuestra lucha quedó aislada. Durante la “suspensión del combate” la Comisión de Enlace prácticamente se auto disolvió, sin ponerse en guardia con una estrategia ante el nuevo escenario abierto que tuvimos que enfrentar con la huelga del año 92. Se abría un momento distinto y mucho más difícil que el proceso iniciado en el 91. La política de los dirigentes de la Comisión de Enlace se limitó a depositar su confianza en el “frente social” con Alfonsín, Sábato y el Grupo de los 8 “como garantes de un acuerdo honroso con el gobierno”. En su balance del Solidaridad Socialista del 6 de mayo de 1992 el MAS decía que fue una huelga heroica en una situación desfavorable.

Entre diciembre del 91 y marzo del 92 el gobierno relanzó nuevos ataques; disminuyeron las frecuencias en el área metropolitana y comenzaron las privatizaciones ferroviarias, empezando con el ferrocarril de carga Ferroexpreso Pampeano; se impuso la flexibilización laboral y la reducción drástica del personal. Ante la presión de las bases, la directiva de La Fraternidad convocó a una huelga para el 12 de marzo que fue levantada mediante la conciliación obligatoria.

El gobierno de Menem montó una provocación en Constitución, cerró por 75 días el Ferrocarril Roca, y encarceló a 12 conductores, acusándolos de supuestos disturbios. La huelga del 92 estuvo más acotada a la línea Roca, ya no contábamos con el apoyo popular que habíamos logrado el año anterior.

Después de 38 días, el 22 de abril, la huelga fue levantada. Unos 2 mil trabajadores fueron despedidos, entre ellos la mayoría del activismo y los dirigentes rebeldes reconocidos; muchos se desmoralizaron aceptando el retiro voluntario. Luego de la derrota, unos 80 mil ferroviarios fueron despedidos con las privatizaciones.

La dirección de la Fraternidad fue imponiendo la intervención de la seccionales "rebeldes" y con la derrota de la huelga también se fortaleció Pedraza como parte de la burocracia empresaria menemista.

La ofensiva menemista, como parte del segundo saqueo del FMI al país se terminaba imponiendo y el estado de “reposo” en que entró la que había sido la dirección de la huelga abrieron un “equilibrio” favorable para los capitalistas. Con nuestra derrota se profundizaron las privatizaciones y la ofensiva neoliberal.

A partir de aquella huelga, y a pesar de su derrota, el PTS (impulsores hoy de la agrupación Naranja Nacional y anteriormente de la Bordó del Roca) se fue convirtiendo en una corriente distintiva enfrentando el corporativismo tan arraigado entre los ferroviarios. Enfrentamos los despidos de tercerizados en las empresas Técnica Industrial (2002), Service Express (2003) y en Poliservicios y Catering Word. También enfrentamos los despidos de trabajadores efectivos en el 2005 y el 2007, organizamos junto a diversas organizaciones de desocupados la lucha por trabajo genuino (2005) y especialmente impulsamos el proceso de lucha de los tercerizados del 2010-11 que culminó con el pase a planta permanente de 3500 trabajadores y Pedraza terminara su vida en prisión por su responsabilidad en el asesinato de Mariano Ferreyra.

¿Algo más para ir finalizando?

Creo que un momento como el actual donde estamos asistiendo a nuevas revueltas y protestas es importante conocer las potencialidades y también los obstáculos que enfrentamos en aquellas huelgas.

Además de la rebelión en Chile y en otros países, desde hace un año Francia se ha convertido en el escenario del radicalizado movimiento de los Chalecos Amarillos y en los últimos dos meses del inicio de un proceso de huelgas obreras contra la reforma jubilatoria de Macron, con mayor peso y persistencia en los conductores de buses y ferroviarios. Entre ellos se ha comenzado a destacar mi compañero Anasse Kazib –ferroviario y militante de la Corriente Comunista Revolucionaria (CCR) que junto al PTS integramos la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional (FT-CI)– quien se ha convertido en una de las figuras más destacadas de las huelgas, reivindicado en distintos medios e importante impulsor de las experiencias de coordinación obrera contra las traiciones de la burocracia, cuestión que como hace 29 años se convierte en una cuestión clave para frenar los ataques capitalistas.

Hace casi tres décadas atrás enfrentábamos duras derrotas y los capitalistas imponían su interesada visión del “fin de la clase obrera”; hoy, al calor de la crisis capitalista internacional, en Francia estamos presenciando los primeros pasos de una de las clases obreras más importantes del mundo y la perspectiva de nuevos fenómenos políticos que fortalezcan nuestra lucha internacionalista.

A su vez las enseñanzas de las huelgas ferroviarias de los ‘90 renuevan su importancia en un momento donde la clase obrera argentina está iniciando una nueva experiencia política con un gobierno peronista decidido a seguir adelante con el pago de la deuda externa y los planes de ajuste del FMI.

Edición: Verónica Zaldivar

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