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SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA

Brexit, la crisis sin fin

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Domingo 14 de abril | Edición del día

Fotomontaje: Juan Atacho

Una agitada negociación de 10 horas entre Theresa May y los restantes 27 Estados miembros de la UE, bajo la batuta de Alemania, evitó que el Reino Unido se transformara en calabaza con la última campanada del 12 de abril. Ese era el plazo para que se ejecutara sin más su divorcio del bloque europeo, al que el viejo imperio devenido en potencia de segundo rango ha estado unido por lazos comerciales, económicos, políticos y diplomáticos los últimos 46 años, cuando finalmente suscribió el Tratado de Roma.

La prórroga del Brexit hasta octubre es un alivio pero no más que eso. Ahora hay seis meses por delante para que el Reino Unido y la Unión Europea se vean nuevamente al borde del precipicio, sin garantías de que algunos actores radicalizados por el Brexit decidan dar un paso al frente.

“No pierdan el tiempo” les aconsejó Donald Tusk, el presidente del Consejo Europeo. Una recomendación que a esta altura parece hueca: ya han pasado casi tres años del fatídico 23 de junio de 2016 cuando triunfó el “leave”, y dos años desde que la primera ministra May invocara el artículo 50 para separar al Reino Unido de la UE. En ese tiempo la crisis no ha hecho más que profundizarse a medida que se hacía evidente el enorme error de cálculo político que terminó en el Brexit. Hay un escepticismo bien fundado en que los próximos seis meses no serán distintos.

Aunque sin soluciones políticas, el trámite de divorcio sigue produciendo neologismos creativos: “Brexit”, “hard Brexit”, “Lexit” (la fallida versión de izquierda del Brexit), “brexiteers” “remainers” ya forman parte del léxico político. Ahora se sumó la “flextension” al diccionario de la crisis sin fin, algo así como una “prórroga flexible” que tiene fecha de vencimiento el 31 de octubre.

Esta salida intermedia fue una diagonal trazada por Merkel entre el ala blanda de D. Tusk, que quería extender el plazo a un año, y el ala dura del presidente francés Emmanuel Macron, un bonaparte disminuido por la irrupción de la lucha de clases en su país, que jugó a ser De Gaulle en el terreno europeo y exigió la salida inmediata del Reino Unido.

Que sea justo en Halloween, aunque no lo parezca, es una casualidad y no tiene nada que ver con la película de terror en cámara lenta que viene siendo el Brexit. El 1 de noviembre debe asumir la nueva presidencia de la Comisión Europea y comienza un nuevo ciclo político de 5 años en Bruselas, por lo que la UE aspira a tener resuelto este problema.

Gobierno débil. Sistema en crisis

Lo que muestra la profundidad de la crisis es que todas las opciones son malas, tanto para la clase dominante británica como el bloque imperialista de la UE.

Entre abril y octubre pueden seguir pasando cosas. La agenda tiene varios “días D” que renuevan la tensión casi a ritmo semanal, profundizando la crisis política con pocos precedentes en la historia moderna del Reino Unido. El gobierno de May, que supuestamente deberá conducir este proceso, es debilísimo y, quizás, ni llegue hasta octubre. La primera ministra no tiene salvación porque está bajo fuego amigo de su propio partido y solo se sostiene por un artilugio leguleyo: superó con éxito un voto de confianza promovido por sus camaradas conservadores en diciembre, que deberán esperar un año para volver a intentar desplazarla. May ha ofrecido su renuncia y hay una fila de tories bravos dispuestos a reemplazarla. El primer anotado es Boris Johnson, el exalcalde de Londres y principal promotor del Brexit.

El desafío inmediato que enfreta May es tratar de que el Parlamento apruebe los términos del acuerdo negociado con la UE en noviembre del año pasado para una separación amigable antes del 23 de mayo. Pero teniendo en cuenta que ese acuerdo fue rechazado tres veces, no hay razones de peso para que sea aprobado bajo la coerción de los nuevos plazos.

El argumento de los brexiteers más intensos, que tienen nostalgias del pasado imperial, es que ese acuerdo transforma de hecho al Reino Unido en un “Estado vasallo” de la UE, porque a cambio de acceder al mercado europeo y de conjurar el fantasma del resurgimiento del conflicto en Irlanda del Norte, debería aceptar la imposición de normativas y regulaciones del bloque europeo –referidas a la circulación de personas y otras cuestiones sensibles– sin siquiera tener el derecho de votarlas. Por eso insisten en que es mejor separarse a cara de perro que irse a medias. “Brexit es Brexit”.

Los sectores más cuerdos del establishment político burgués militan para una suerte de confluencia entre el ala centro del “leave” y el “remain” que pudiera evitar la tendencia hacia los extremos. Ese es el sentido del acuerdo que intenta May con Jeremy Corbyn, el líder de la oposición laborista, que tiene como línea roja permanecer en la unión aduanera con la UE y mantener una frontera abierta con la República de Irlanda (el famoso backstop). Sin embargo, alejado el fantasma del “hard Brexit” del horizonte inmediato, nadie podría explicar por qué Corbyn estaría interesado en ser el salvavidas de May, arriesgando su propia popularidad política como jefe de la oposición y probable próximo Primer Ministro.

Si May sufre una cuarta derrota, y para el 23 de mayo el Reino Unido todavía está en la UE, deberá participar en las elecciones para el europarlamento, es decir, que elegiría diputados con mandato de cuatro años para una institución de la que se va a retirar como máximo dentro de seis meses. Pero dadas las circunstancias, este todavía es un problema político abstracto.

Una de las condiciones que impuso la UE para extender el plazo del Brexit fue que May firmara el compromiso de hacer las elecciones. En caso de que no cumpla, se ejecutaría el Brexit con o sin acuerdo el 1.° de junio. Las elecciones están convocadas pero a nadie se le escapa que esta es una gran oportunidad para al ala dura de los brexiteers del partido de May que podrían hacer caer todo el esquema si una mayoría parlamentaria rechaza el acuerdo de divorcio con la UE, como ha sucedido hasta ahora, y tampoco hay elecciones. En ese caso habría Brexit duro.

En cambio, si hubiera elecciones, el panorama también es malo, porque la campaña electoral conspiraría directamente contra la línea del consenso entre los conservadores y los laboristas que es la esperanza de los grandes capitalistas británicos que dependen en gran medida del bloque europeo. Los partidarios de que el Reino Unido permanezca en la UE intentarán transformar la elección en un “segundo referéndum” contra el Brexit. Mientras que los conservadores tratarán de endurecer el bloque del “leave”. Pero sobre todo, al ser elecciones en las que normalmente la abstención es alta, pequeños grupos “antiestablishment” que están en los márgenes del sistema político burgués, adquieren un peso desproporcionado en desmedro de los partidos tradicionales. La última medida objetiva son las elecciones europeas de 2014. En esa contienda, el UKIP, un partido racista y virulentamente euroescéptico, salió primero y obtuvo 24 bancas, el laborismo 20 y los tories 19. Hoy existen nuevos partidos que militan en los extremos: en el bando del “remain” está el llamado Grupo Independiente – los diputados del ala neoliberal del partido laborista que rompieron con su partido. Y en el campo del “leave” el Partido del Brexit, fundado recientemente por Nigel Farage, el excéntrico derechista que fundó y luego rompió el UKIP, con el que compite en el mismo espacio electoral, haciendo eje en la política antiinmigrante. Juntos podrían llegar a superar el 27% de los votos.

Pero aún si se sortearan estas dos instancias, el Reino Unido seguirá participando en una carrera de obstáculos. Quedará pendiente la resolución de la conflictiva frontera con Irlanda, la posibilidad de que un eventual acuerdo aprobado por el parlamento sea sometido a un referéndum, la aprobación de la propia UE, e incluso una nueva extensión del plazo. Muy probablemente queden por delante años de inestabilidad política y gobiernos débiles.

Los antieuropeos de Trump

Aunque la crisis británica tiene una dinámica propia, el fortalecimiento del bloque de los partidos “populistas” euroescépticos de extrema derecha es el denominador común de la Unión Europea, cuyas causas hay que buscarlas en las tendencias nacionalistas puestas en acto por la crisis capitalista de 2008.

Según las proyecciones del propio parlamento europeo, si el Reino Unido no participara en las próximas elecciones, los partidos euroescépticos tendrían una bancada de unos 150 eurodiputados sobre un total de 705 que quedarían después del Brexit. Una encuesta publicada por Político arroja un resultado similar, solo que pone el eje en que los partidos del “extremo centro” perderían la mayoría y dependerían de acuerdos con terceros partidos. En ambos casos, el bloque más numeroso de euroescépticos es “Europa de las naciones y las libertades”, el engendro de antiinmigrantes xenófobos que une bajo un mismo paraguas a la Liga italiana de Matteo Salvini y al Agrupamiento Nacional, el ex Frente Nacional de Marine Le Pen.

Además de la evidente crisis de los partidos tradicionales y la polarización, la crisis de la UE tiene una dimensión geopolítica que la hace inteligible. Detrás del Brexit y de este auge de los partidos euroescépticos está la mano no tan invisible de Estados Unidos. Donald Trump es el primer presidente norteamericano abiertamente hostil al bloque europeo occidental, al que ve como un frente más de sus guerras comerciales, incluida la disputa con China. Solo como ilustración, la relación con China puso al borde de la fractura a la coalición entre La Liga y el Movimiento Cinco Estrellas en Italia, mientras que este último suscribió el acuerdo, Salvini actuó como un peón de Washington.

Trump militó y milita por un “hard Brexit”. Ataca públicamente el medio Brexit que intenta implementar May, contraponiéndolo a un supuesto acuerdo comercial bilateral entre Estados Unidos y el Reino Unido. Steven Bannon, ideólogo de la alt right y estratega de la campaña de Trump, tiene aún mayores aspiraciones. Desde que dejó la Casa Blanca se ha dedicado a organizar la “internacional populista” donde revistan derechistas y protofascistas como Jair Bolsonaro, Victor Orbán y Salvini, y se apresta a alistar a Vox en el Estado español.

Pasado el impacto del triunfo del “leave”, la Unión Europea se mantuvo firme en las negociaciones, tratando de hacerle pagar al Reino Unido su arrogancia de potencia decadente. Hasta el momento juega con ventaja, no solo porque son 27 contra uno, y entre esos 27 está Alemania, sino porque la dependencia no es recíproca. Con los números en la mano, el Reino Unido necesita más de la UE que a la inversa. Sin embargo, sería un error teniendo en cuenta el panorama geopolítico de conjunto, deducir de esto que para Europa el Brexit es indoloro. El divorcio acordado sería lo menos traumático, por eso el rol de Merkel hasta el momento es apaciguar a sus propios fundamentalistas como Macron, que irónicamente coincide con los brexiters duros. El retiro caótico del Reino Unido tendría un impacto todavía no dimensionado para el proyecto el europeo.

Crisis orgánica. Burguesía y masas

El Brexit puede ser explicado como el resultado de una cadena de malas decisiones, en primer lugar, la torpeza política de David Cameron, que sin querer terminó transformando al partido conservador, el representante más directo de los intereses de los grandes capitalistas, en el “partido de la destrucción económica”, como lo rebautizaron empresarios tories que no pueden creer que su partido los lleve alegremente al suicidio.

Para la burguesía británica y el partido conservador, el Brexit fue una derrota autoinfligida, porque en verdad no había ninguna necesidad de convocar al referéndum salvo el cálculo oportunista, menos aún cuando las consecuencias de la crisis de 2008 estaban llevando la polarización a extremos no conocidos.

Esta crisis que se está fagocitando a un sistema político que estaba entre los más estables y conservadores del mundo occidental, siguió profundizándose con las malas decisiones de May, entre ellas llamar a elecciones anticipadas y perder la mayoría, lo que la dejó a merced del partido unionista irlandés de extrema derecha (el DUP) y tener una política de apaciguamiento del ala dura de los tories.

Sin embargo, hay otro nivel de explicación que apunta a las causas históricas de la crisis. Estamos ante una situación en la que la superestructura político-estatal parece no estar funcionando como la junta de negocios de los grandes capitalistas, cuyos intereses están en permanecer dentro de la Unión Europea. Según el Institute of Directors, un think tank económico thatcherista que agrupa a directores de pequeñas y medianas empresas, seis de cada diez de sus miembros están a favor de que el Reino Unido se mantenga dentro de la unión aduanera y el mercado único europeo, lo que objetivamente los aproxima al Partido Laborista.

Esta discordancia es una manifestación de que se trata de una crisis estatal y no coyuntural, es decir, una crisis orgánica según la definición de Antonio Gramsci. Lo que está en cuestión es la ubicación del Reino Unido que en las últimas décadas, desde que decidió dar un giro “europeísta” en la década de 1970, se ha sostenido en una posición ambigua con respecto a la Unión Europea, lo que le permitió acceder al mercado común y sortear la reconversión de su economía hacia las finanzas y los servicios, lo que a la vez aumentó la dependencia del capitalismo británico con respecto a la UE. Mientras que a la hora de los alineamientos políticos, actuaba como caballo de Troya de Estados Unidos dentro de la UE.

No es solo el Reino Unido. Las tendencias a la crisis orgánica, sobre todo en los países centrales, son productos de la crisis de 2008 y del agotamiento del ciclo globalizador. Aún no se sabe lo que está por delante. Y todavía es la hora de los fenómenos aberrantes.

En el Reino Unido lo que prima aún es la crisis de los de arriba. Los explotados, los jóvenes, los inmigrantes, salen a la calle pero aún son parte del mismo bloque con intereses patronales, es decir, aún no superan la estrategia de colaboración de clases que sostiene el laborismo incluso en su versión más de izquierda y militante. Sin embargo, hay señales de que las crisis orgánicas puedan abrirse no solo por los fracasos de las clases dominantes sino por la actividad del movimiento de masas. La irrupción en escena de los chalecos amarillos en Francia, más allá de que haya retrocedido el movimiento, fue un primer aviso.





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