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EDITORIAL DE EDITORIALES INTERNACIONAL

Parias bolcheviques e islámicos y parias sindicales que se levantan

Guillermo Iturbide

Ediciones IPS-CEIP

Domingo 24 de mayo de 2015 | 19:43

Hoy el editorialista Ross Douthat, que viene a jugar el papel de la voz conservadora y pro-republicana en el mayoritariamente pro-demócrata (aunque políticamente no menos conservador, especialmente en lo que toca a Israel) The New York Times escribe un interesante artículo que ensaya una comparación entre el Estado Islámico (EI) y la Rusia Soviética en sus primeros años.

Douthat es una de esas personas que a priori uno, por sus opiniones, se imagina como alguien de avanzada edad, hasta que se entera que tiene apenas 35 años y que se convirtió al catolicismo por considerarlo más conservador que las otras denominaciones cristianas, y que ya tiene un importante currículum en el mundillo de la prensa neocon.

Pero vayamos a su artículo y el paralelo que hace entre los bolcheviques y el islamismo radical con el propósito de vislumbrar el futuro de este último: “La caída de un autócrata conduce a la ocupación extranjera y la guerra civil. Un movimiento revolucionario con una visión mesiánica aprovecha el caos para obtener el poder. Los revolucionarios gobiernan mediante el terror y la promesa de la utopía, e inspiran imitadores en todo el mundo. Pero otras naciones imponen una cuarentena, mientras los rivales internos recuperar terreno, y a pesar de los éxitos iniciales parece poco probable que el nuevo régimen sobreviva - especialmente una vez que las potencias extranjeras, incluyendo a Estados Unidos, se unen a la lucha contra ella”.

Según Douthat este relato describe al EI, hasta que la ocupación de Ramadi y Palmira hace pocos días desechó por ahora las perspectivas de su hundimiento, y también las de la Rusia Soviética durante la guerra civil que siguió a la victoria de la Revolución de Octubre de 1917. Luego de plantear que el “Estado paria” de la URSS (condición que comparte con el EI) en dos décadas se convirtió en una superpotencia (y deja abierta la posibilidad de que al EI le pase lo mismo), sigue: “Las diferencias entre las dos situaciones son muchas, por supuesto. Los bolcheviques controlaban centros urbanos e industriales clave, mientras que el EI solo domina verdaderamente en el interior de Irak y Siria. Los enemigos extranjeros de la Unión Soviética estaban agotados por la guerra mundial, y su capacidad para proyectar poder militar era mucho más limitada que es la de los EE.UU de hoy. Aunque era geopolíticamente importante, Rusia en 1919 era periférica para las preocupaciones de seguridad inmediatas de muchas grandes potencias, mientras que el EI está sentado en un terreno rico en petróleo y asesina a ciudadanos occidentales a cada oportunidad que tiene. Y la cosmovisión del Estado Islámico visiblemente (y por fortuna) carece de los alentadores occidentales y del sentido del momento histórico de los que alguna vez gozó el marxismo-leninismo”.

El sentido más profundo de la comparación de Douthat es prevenir contra la visión prejuiciosa de Occidente de que los “fanáticos” caen por su propio peso, debido simplemente a la “inviabilidad” de sus ideas. Las potencias como EE.UU que quieren conquistar o mantener su hegemonía mundial se ven arrastradas a conflictos militares desgastantes, como la Primera Guerra Mundial (por la URSS) o, en considerable menor medida y de otra forma, en la actualidad luego de 25 años de intervención continua en Medio Oriente (por el EI). Y también, fundamentalmente, debido al “incentivo moral” que lleva a la lucha a los “partisanos”. También debido al financiamiento, ayuda externa, o aprovechamiento de las contradicciones de las potencias enemigas, que Douthat intenta, bastante forzadamente, hace encajar de la misma manera en el caso bolchevique y el de EI.

“A veces encuentran una manera - como hicieron los bolcheviques - de modificar sus ideologías cuando la supervivencia lo requiere, y confiar en lealtades étnicas y nacionales. El Estado Islámico lo ha hecho ya: tiene ex miembros del partido Baath en su cúpula militar, al igual que el ejército de Trotsky tenía a ex zaristas; y ha explotado los agravios contra los sunitas igual que Stalin se basó en el orgullo nacionalista e incluso religioso en la Segunda Guerra Mundial”.

Esta comparación en clave geopolítica lo que ignora es que la clave de la “apelación” de la URSS estaba en lo que Douthat menciona apenas al pasar: la representación en las masas de la idea del socialismo (todavía en forma degeneradas del estalinismo), un ideal universal basado en una clase social sin patria, los trabajadores, de lo cual obtenía gran parte de su fuerza, mientras que en el caso del Estado Islámico más bien se trata de un aborto, una aberración inicialmente creada por EE.UU y que pasó a ocupar una posición “combativa” tras la bancarrota de los nacionalismos burgueses antes dominantes en la región devenidos pro-imperialistas.

Por último, para Douthat la supervivencia del EI más bien se trata de una cuestión de determinación militarista que no termina de ver en Obama y a la que apuesta por medio de un futuro recambio por derecha, más que a una cuestión de buenas estrategias del islamismo radical.


El Frankfurter Allgemeine Zeitung hoy habla de la política norteamericana en su conflicto con el Estado Islámico (EI). A tono con el análisis que viene haciendo este diario, como por ejemplo en una columna de ayer dicen:
“Esto hace que Obama tenga que pagar un alto precio por la política que tan vehementemente defiende, cerrando un acuerdo nuclear y normalizando las relaciones con Teherán.

Por eso, para los musulmanes sunitas, desde Arabia Saudita, pasando por Irak hasta Turquía es más prioritario frenar la hegemonía iraní que ponerle freno a la expansión territorial del EI. Así que Washington ha maniobrado en una situación en la que debe elegir entre una normalización de las relaciones con Irán y la “destrucción” del EI. Obama no puede hacer ambas cosas. Tarde o temprano, los estados sunitas que se comportan hoy pasivamente hacia el EI tendrán que pagar un precio demasiado alto. Y entonces el terror no se detendrá ante sus fronteras ni ante las de pequeños Estados vulnerables como el Líbano y Jordania. La “destrucción” del EI ahora está más lejos que hace ocho meses”.

Pero también lo que viene desvelando a los diarios alemanes es la oleada de huelgas que se da en su propio país. La huelga de los maquinistas del sindicato GDL fue el caso testigo. La más larga que se le realizó a la empresa ferroviaria Deutsche Bahn. El viernes este diario publicó un artículo sobre el tema, poco antes de que finalmente el Parlamento aprobara la Ley de Unidad de Convenios, a instancias de la ministra de Trabajo del gobierno de Merkel, la socialdemócrata Andrea Nahles.

De la bancada oficialista (recordemos que el gobierno alemán actual de Merkel es la Gran Coalición de los dos partidos tradicionales unidos, la democracia cristiana -CDU-CSU- y la socialdemocracia –SPD) hubo solo un voto en contra de parte del SPD y 11 en contra por parte de la CDU. La ley busca frenar el derecho de huelga por parte de los sindicatos minoritarios y que solo pueden participar en las negociaciones paritarias los sindicatos mayoritarios.

Estos últimos, mayoritariamente, así como la central sindical, están dirigidos por el SPD, de allí el interés particular de este partido por imponer esta política antiobrera y actuar como rompehuelgas al servicio del gobierno del que forman parte en minoría junto con la centro-derecha. Por otra parte, en los sindicatos minoritarios, más proclives a tener presiones por parte de sus bases y a ser más combativos, suele haber dirigentes que pertenecen a la democracia cristiana (como Claus Weselsky del GDL, el sindicato emblemático de estas huelgas), lo cual explica los mayores votos en contra de la bancada de la CDU-CSU.

Según una nota del Frankfurter Allgemeine Zeitung titulada “unidad obligada”: “Por primera vez la ministra federal de trabajo cosechó los elogios de la comunidad empresarial. Las patronales tienen en alta estima a la ministra socialdemócrata, que transformó en ley este viernes el principio que viene siendo utilizado por las más altas instancias de la justicia laboral desde hace cinco años de “una empresa, un convenio colectivo”- a pesar de que logró cada vez más resistencia por parte de los sindicatos. Y sindicatos más poderosos como el de servicios Ver.di fueron en auxilio ante el temor por la propia existencia de los sindicatos de maquinistas o de médicos.

Los sindicatos más pequeños quieren que la Corte Constitucional Federal revea la nueva ley (…) Políticamente, el SPD y la democracia cristiana ven en forma distorsionada al problema real de la siguiente manera: debido a que los jueces laborales apenas pueden poner límites a los conflictos laborales, las empresas están expuestas a un riesgo creciente de huelga. Aquí - y no en la proliferación de sindicatos por oficio - está la mayor amenaza a la paz laboral. Pero la Coalición no se atreve a establecer reglas fijas para las huelgas que las hagan más predecibles para los transeúntes o más soportables para la economía”.

La oleada de huelgas en Alemania está siendo empujada por estos sindicatos minoritarios, ya que se juega su propia existencia. No obstante, las burocracias de esas mismas organizaciones dividen la lucha y no ligan las otras demandas sectoriales parciales en hacer centro al repudio a esta ley, por temor a que se las vea como huelgas “políticas”, mientras que mantienen a su base lejos de la toma de decisiones y del comando de la huelga, a pesar de que cuentan con la simpatía incluso de las bases de los sindicatos mayoritarios.







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