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La revolución está en los detalles

1917 es el último libro de Martín Kohan, donde serán protagonistas escenas aparentemente menores de la vida de los dirigentes de la Revolución de Octubre. Anécdotas puestas en foco que, sin embargo, tienen mucho que decir del proceso del que se cumplen cien años.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Sábado 9 de diciembre de 2017 | Edición del día

Con artículos nuevos y otros ya publicados en diversos medios –Miradas al Sur, El Argentino o este mismo diario–, el libro recientemente publicado por Ediciones Godot llama la atención sobre distintos episodios sonsacados a biografías, diarios y cartas de Lenin y Trotsky, así como a testimonios de quienes los rodearon cotidianamente –periodistas, secretarias, guardaespaldas–. Se suman otros dos artículos relacionados con las cartas personales de Gramsci y la biografía de Marx escrita por Mehring, respectivamente.

La mirada es intencionalmente sesgada, como señalará en el prólogo Eduardo Grüner; un sesgo entendido no negativamente como perspectiva parcial o incompleta, sino como recurso que puede contrarrestar el peligro que acecha a toda efemérides “redonda”: que lo que se evoca sea considerado como “material de museo”. “Mirada oblicua” entonces que presta atención a detalles que probablemente se pasen por alto en la lectura de textos que lidian con grandes acontecimientos y personalidades históricas. Su potencialidad es producir un “desajuste” en la mirada panorámica de historias y ensayos sobre la revolución que, si bien pueden aportar a dar cuenta de la complejidad del proceso, también pueden congelarlo deslizándose hacia el “mito circular” que deshistoriza y vuelve al material aproblemático.

A pesar de las diversas circunstancias de escritura original de los artículos, en fechas y en objetivos —las ocasiones pueden ir desde una presentación de un libro a una columna en un diario—, un hilo común parece recorrerlos: la relación entre los revolucionarios y la palabra en todas sus formas. Si Marx alguna vez contestó al juego-encuesta de sus hijas que su lema podía ser “nada de lo humano me es ajeno”, para quienes lideraron la Revolución rusa parece ser que nada de la palabra les era ajeno: entre sus preocupaciones están las vicisitudes estilísticas de plasmar por escrito las ideas propias o ajenas; la capacidad de cautivar a la audiencia en un discurso público hasta la necesidad de expresarse correctamente en una lengua que no se maneja bien; las dificultades del dictado y de las erratas en los libros. También el problema de con qué se escribe o transmite la palabra: las plumas, lápices o megáfonos que vienen a cumplir o no –y ese es a veces un problema que merece dejarse asentado–, su rol en la historia.

Seguramente, como acota Grüner en el prólogo, en ese interés juega que el autor es escritor además de crítico y docente de literatura. Pero la insistencia, que la compilación resalta, puede verse también como una intervención crítica sobre una de las tensiones que marca de larga data la tradición del debate político e intelectual: aquella entre la acción y las letras.

A ella hace referencia Kohan varios de los textos. “Están los que pensaron que con las palabras se podía todo y están los que nunca vieron en ella otra cosa que impotencia”, resume en uno de ellos. Las palabras en lugar de los hechos es una acusación común a quienes, diletantes, eligen hablar a poner en marcha aquello que predican. Puede marcar también, como señala Kohan respecto a las relaciones de Lenin y Trotsky con Gorky y Breton, la distancia entre el líder revolucionario y el escritor, incluso aquel que apoya la revolución. Pero puede ser también la demostración de la derrota para aquellos que actuaron. Maiakovsky escribe un poema dedicado a Lenin frente a su muerte, poniendo palabras allí donde había un hombre de acción y ahora hay un hombre que escribe. El héroe de acción de la Revolución rusa, el organizador del Ejército Rojo, combate en el exilio “armado con un bolígrafo” contra las acusaciones de Stalin. Gramsci escribe cartas a sus hijos que, tras años de cárcel, demuestran que el lenguaje no puede llegar a tocar vidas que quedan fuera de su alcance.

Sin duda los revolucionarios conocen esta tensión. Lenin logró dar con el único “final feliz” que puede tener un libro de debate político en El Estado y la revolución: dejo acá porque me voy a hacer lo que estaba planteando. Trotsky comprende que la arenga y la propaganda entre las tropas necesita también poner el cuerpo cuando se combaten batallas decisivas de Sviask y Kazan en la guerra civil, según relata en Mi vida. Pero Lenin y Trotsky tienen en alta estima también la capacidad de convocar la palabra oral o escrita. Probablemente porque buena parte de las tareas de construir un partido revolucionario requieren de la palabra: debatir estrategias, formular programas, agitar propuestas. Y sobre todo, la revolución requiere convencer. Si el automatismo económico capitalista asigna perdedores y ganadores invisibilizando la mano que se adueñó de la baraja, si su régimen político puede presentarse como árbitro igualitario en una cancha claramente inclinada, tirar abajo ese sistema y “tomar el destino en las propias manos” no puede más que ser una acción necesariamente consciente que requiere de los poderes de la palabra, que se multiplica y extiende en esos primeros momentos decisivos de lo que hoy conocemos como Revolución de Octubre.

El ataque al Palacio de Invierno fue precedido por la distribución de volantes entre las tropas que resguardaban aún al viejo régimen; los altos mandos alemanes amenazaron romper las negociaciones de paz en Brest Litovsk, que sabían que por la debilidad del régimen soviético les eran ampliamente ventajosas, al darse cuenta que los bolcheviques dilataban la cuestión no esperando mejores condiciones de su parte sino para hacer propaganda entre los soldados de todas las potencias a favor de la revolución; todo ello después de haber hecho públicos, además, ciertos escritos: los acuerdos secretos entre las potencias aliadas que mostraban los verdaderos objetivos de rapiña de la guerra tras el manto de razones patrióticas que se esgrimían en público. Aún en la posición más débil, la revolución no dejaba de hablar, de escribir, de publicar mientras peleaba; o mejor dicho, como parte de esa pelea. Estos momentos en que palabra y acción parecen marchar juntas están presentes también en 1917: en la palabra pública de Lenin no ya como especulación o alternativa a la acción sino como “acción en sí misma”; o en el dictado de Trotsky en que su secretario reconoce aún en el destierro al que supo ser el orador de la revolución.

En un texto titulado “Las tendencias filosóficas del burocratismo” Trotsky denunciaba la lectura que hacía Stalin de la relación entre teoría y práctica en el marxismo, y entre las múltiples críticas agregaba que incluso su gramática rusa era mala y tenía “en general una existencia precaria” en sus escritos. ¿Comentario condescendiente, quisquilloso? Quizás más bien que no podía entender cómo alguien que se dijera revolucionario no se preocupara por expresar clara y efectivamente sus ideas. Y ya sabemos qué pasó con la revolución cuando la coerción burocrática se impuso, cuando convencer dejó de ser un problema para la dirigencia soviética.

¿Será ese otro de las posibilidades que abre la revolución: que la palabra, las teorías, fructifiquen como acción y no sean ya su negación o su espera? En Mi vida, uno de los libros que motivan una de las reflexiones de Kohan en 1917, Trotsky esboza una definición que parece ir en ese sentido: “La conciencia teórica más elevada que se tiene de una época en un determinado momento, se fusiona con la acción directa de las capas más profundas de las masas oprimidas alejadas de toda teoría. La fusión creadora de lo consciente con lo inconsciente es lo que se llama comúnmente inspiración. La revolución es un momento de impetuosa inspiración en la historia”.








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