REVISTA

Juan Grabois, el evangelizador

Paula Varela

debates

Juan Grabois, el evangelizador

Paula Varela

A propósito de La clase peligrosa, de Juan Grabois.

Reseñar el libro de Juan Grabois no es sencillo. En parte porque hay una suerte de disociación entre el espectro político que Grabois, a priori, representa y lo que dice el texto. Permítanme explicarme.

Grabois es un dirigente social, fundador en 2002 del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) que hoy es parte de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). Sobre este carácter de dirigente de una organización que agrupa aproximadamente 2000 militantes y varios miles de adherentes, se asienta para meterse en un armado electoral hacia el 2019: el Frente Patria Grande junto con el Movimiento Patria Grande, el Movimiento Popular La Dignidad, la Colectiva Córdoba, el movimiento de Inquilinos de Capital y otras agrupaciones y organizaciones. En síntesis, Grabois encabeza un frente electoral que se propone como “ala izquierda dentro del kirchnerismo” y cuyos otros protagonistas provienen de la llamada “izquierda independiente” o “izquierda popular” con base territorial o estudiantil o ambas. Dado esto, una espera un libro escrito desde ese punto de vista ideológico-político. Pero no.

La clase peligrosa propone un populismo de centro que supere la polarización entre el progresismo neoliberalizado (dentro del cual están muchos de los sectores que conforman el kirchnerismo no peronista) y la derecha abiertamente neoliberal (dentro de la cual está el macrismo). Es un libro electoral que, en lugar de erigir candidatos (aunque va de suyo que el medio es el mensaje), propone un líder intelectual (Jorge Bergoglio) y un programa que podríamos resumir en: “no nos gusta el neoliberalismo, deja afuera un montón de gente que sufre (y mucho), pero el requisito para poder lidiar con él es aceptarlo, y sobre esa aceptación, moverse tácticamente. Toda discusión estratégica es una ilusión pequeñoburguesa (Grabois dixit) producto de que las clases medias no entienden lo que es la miseria”.

No voy a detenerme en todo lo que revuelve en las tripas de los que pasamos por la militancia en la Iglesia católica la idea de “aceptación” que embebe el libro: aceptación de las “propias debilidades” (como ser mujer), de las “debilidades del otro” (como el deseo sexual de un cura que no logró contenerlo), de lo que “te tocó” (como ser pobre). Voy a detenerme en la transformación de esa aceptación en programa político que, como podía esperarse estando en Argentina, se llama peronismo. En síntesis, es un libro que intenta remapear la grieta argentina, postulando un peronismo de centro (con eje en la política hacia los excluidos y no en los derechos “pequeñoburgueses” como el aborto), ante una derecha abiertamente neoliberal y un progresismo neoliberalizado, “extremos” que, según Grabois, comparten un punto en común: su pertenencia a una casta política que perdió toda relación con los desposeídos.

Pero si esto es así, ¿por qué el libro se llama “La clase peligrosa” generando la expectativa de que va a hablar de algún sujeto con capacidad de cambio social, de revuelta o, al menos, de meter miedo? Básicamente, porque no está dirigido a los peronistas (para quienes es un compendio de argumentos que podrían haber escuchado hace 50 años en boca de Grabois padre). Está dirigido a los movimientos sociales (de mujeres, estudiantil, indigenista, territorial) y a los sectores de clase media que tienen sensibilidad con ellos, parte de los cuales son base electoral del kirchnerismo pero no del peronismo (incluso el propio kirchnerismo les produce dudas porque no cambió sustancialmente las cosas cuando fue gobierno y no resistió tampoco siendo oposición). Está dirigido a las Ofelias de la marea verde; a los miles de secundarios que se forjaron en la politización de esta misma marea; a los miles que marchamos por Santiago Maldonado, que repudiamos el gatillo fácil y queremos ver a los genocidas de la última dictadura militar (y a sus jefes civiles) presos en cárcel común. A los que buscan un cambio social, aunque no necesariamente encuentren cómo hacerlo. Está dirigido a peronizarlos. Si el kirchnerismo fue el intento (bastante exitoso) de restauración de las instituciones del régimen de la democracia burguesa que estalló por los aires en 2001, el del buen muchacho del Vaticano es el intento de restauración de un bipartidismo en Argentina, con el peronismo de un lado y la derecha neoliberal del otro.

El intelectual orgánico

Cuando digo que Grabois postula a Jorge Bergoglio como el líder intelectual de esta “renovación” del peronismo, no es una exageración retórica. En un pasaje sin desperdicio dice:

Con todo, no hay textos con la fuerza de Imperialismo, fase superior del capitalismo de V. Lenin, la teoría de la dependencia cepaliana o Los condenados de la Tierra de Franz Fanon. Al neocolonialismo también le faltan teóricos. Los únicos textos con un valor comparable a las grandes obra críticas de los siglos XIX y XX son del Papa Francisco: la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, la Carta Encíclica Laudato Si y sus discursos sobre la temática. No voy a realizar aquí una reseña de los conceptos allí vertidos en esta humilde obra de ficción. Recomiendo al lector que haga un esfuerzo intelectual y los lea de primera mano [1].

Una verdad hay en el párrafo. Si el carácter ficcional de la obra venía siendo esquivo al lector porque lejos de alguna trama nos estaba sometiendo a un texto cuasi electoral, la comparación de lo que escribe Bergoglio con “las grandes obras críticas de los siglos XIX y XX”, nos recuerda que Grabois escribe ficción. Pero lo más interesante es lo que esa ficción intenta hilar: a Lenin y Fanon con el dirigente político de una de las instituciones más reaccionarias de la actualidad: la Iglesia Católica Apostólica Romana. En la ficción de Grabois, los revolucionarios que lucharon y teorizaron contra el capitalismo y los reaccionarios que dirigen las instituciones que lo sostienen, son más o menos lo mismo. ¿Cuál es el punto común? Que todos dijeron ¡“ojo con los oprimidos!” Si unos lo hicieron para transformar esa opresión en fuerza de destrucción de la dominación, y otros lo hacen para evitar el estallido que ponga en crisis esa dominación, es un detalle menor. El hilo de continuidad que Grabois quiere establecer entre marxistas y Bergoglio (sobre lo que vuelve varias veces en el texto) es el mismo que quiere establecer entre las aspiraciones anticapitalistas de los militantes de los movimientos sociales a los que se dirige el texto, y el peronismo que les ofrece como su concreción. La sobredosis ecléctica de citas de libros y autores opera como cambalache ideológico para que la “revolución” enunciada en alguna parte como deseo se abrace con la restauración del peronismo (y de la Iglesia) como realidad.

El candidato es el programa

En el libro hay dos formas de programas. Uno compuesto por las definiciones que son patrimonio del MTE cuyo punto de partida es la aceptación de la irreversibilidad del carácter de excluidos de las trabajadoras y trabajadores que conforman la base del movimiento. La soberanía alimentaria, el impuesto a los ricos para subsidiar a los pobres, el derecho a la ocupación de tierra y bienes ociosos, la recuperación de la cultura del trabajo a través de la Economía Popular, son objetivos que cobran sentido sobre la base de la idea de lo irreversible de la condición de excluidos.

Como hemos debatido en otras oportunidades [2], esta consideración hecha en nombre del “realismo político”, lejos de abrir la chance de poner freno al neoliberalismo, ha sido una de las condiciones de su profundización en los últimos años. Dicotomizar la “fábrica” y “el barrio” como territorios de lucha de sujetos también dicotomizados, los trabajadores y los excluidos, ha llevado a profundizar una de las principales políticas del neoliberalismo: la fragmentación de los trabajadores. ¿Por qué no discutir los programas de su unificación en lugar de naturalizar una división que es funcional a los capitalistas? ¿Por qué no luchar juntos, asalariados y “excluidos”, por el reparto de las horas de trabajo, si unos sufren en su cuerpo las jornadas de 12 horas y los otros la desocupación? Este debate, que va al corazón de potenciar la peligrosidad de la clase peligrosa, no está siquiera anunciado. En su lugar, la división estructural se refuerza con una división de tareas que beneficia a las burocracias sindicales de la CGT (que sistemáticamente le dan a la espalda a desocupados y precarizados en nombre de preservar los “recursos propios”) y transforma a los dirigentes sociales territoriales en profesionales de la negociación con el Estado.

Pero en el libro hay también otro programa: el que expresa la lógica que articula las demandas parciales y les otorga un sentido de unidad. Aunque a Grabois no le guste esta palabra y acuse de pequeñoburgués a todo aquel que quiera mencionarla, lo que aparece en forma explícita es una estrategia. Disculpen si abuso de las citas, pero es mejor que Grabois hable por sí mismo porque en este punto no es ni ecléctico ni ficcional.

Tiene que ver con nuestra exigencia de redistribuir la riqueza que en términos prácticos implica el pago de subsidios a nuestro sector (…) Redistribuir la riqueza no solo es justo sino necesario porque estos niveles de concentración son incompatibles con la paz social y la estabilidad política (…) Nosotros no queremos matar a nadie. Mi generación tiene horror a la violencia y las armas. Algunos compañeros no lo reconocen, por ahí cada tanto se hacen los malos, pero ni se nos cruza por la cabeza recurrir a la guillotina como la Francia revolucionaria, a los fusilamientos de la Revolución Rusa o convertirnos en “frías máquinas de matar” como planteaba El Che, el mismo Che que con orgullo llevamos en nuestras banderas porque fue un gran humanista que luchó por los pueblos oprimidos y murió heroicamente. Nosotros somos muchísimo más moderados que Santo Tomás de Aquino cuando reivindicaba matar al tirano. Los más chicos de nosotros no quieren matar ni una hormiga y hasta se hacen veganos. No es que seamos cobardes. Podemos lidiar con la idea de morir, pero matar ni se nos cruza por la cabeza. Si esto es bueno o malo no lo sé, pero así nos hemos formado. Peor son los que cacarean y después corren o mandan a otros al frente. De lo que no hay que tener dudas es de que si esto sigue así, en algunas décadas, vendrán generaciones menos sensibles para hacer –en el mejor de los casos una revolución armada, impiadosa y terrible, que engendre finalmente otro mundo necesario e inevitable. O, más probablemente, vendrán generaciones zombis para alimentar un sinfín de células terroristas al servicio de ciertos esquemas de poder, o aportar sangre nueva a las tropas de carteles narco para garantizarle una buena intoxicación a los consumidores de todo el mundo, en especial a los norteamericanos [3].

Este es el momento del libro en que Grabois ya no se apoya en las aspiraciones de cambio social de los militantes y adherentes de los movimientos sociales. Se apoya en sus miedos. Y les dice: “mirá que los fines que vos querés implican ciertos medios que no son los ‘nuestros’, mejor, cambiá de fines”. Pero este es el momento también en el que aparece el “nosotros” de Grabois: la clase media. No por el hecho de que que él pertenece a ella, incluso a un sector acomodado como ha expresado en distintas entrevistas. Sino porque la clase media es el sujeto dirigente de los excluidos en la estrategia de Grabois. Los problemas de la autodeterminación de los trabajadores, de sus organismos democráticos, de su constitución como sujetos dirigentes de su propia política, no aparecen en el libro ni como ficción. La clase media no es solo el origen social de Grabois, es su punto de vista político. Y, desde allí, le habla también a la burguesía. “Nosotros o la revolución; Nosotros o Bin Laden; Nosotros o la barbarie”. El buen muchacho del Vaticano se pone serio y, como el Perón de la Bolsa de Comercio (al que cita expresamente) dice: “Cedan algo para no perderlo todo”. Si el libro hubiera sido escrito en estos días, podría haber sido más corto y decir: si no quieren chalecos amarillos en Argentina, armemos un peronismo de centro bajo la dirección intelectual de Bergoglio, que pertenece a una institución que tiene bastante experiencia en la contención de los que perdieron en los repartos de las tortas. Paradójicamente, para un libro que en su tapa habla de una clase peligrosa, hacia el final de sus 200 páginas, la conjura de su peligrosidad asume características expresas y se configura como objetivo último.

Sin embargo, esta advertencia aclaratoria no le alcanzó. Además de explicitar que su programa no es el cambio social ni la igualdad ni mucho menos la revolución, necesitó también dejar en claro aquellas demandas puntuales por las que, si luchás, estás en contra del pueblo.

Reclamar la legalización de la marihuana con los hijos caprichosos de la burguesía, sobreactuar tardíamente la agenda de la diversidad sexual, exigir menús vegetarianos en las universidades o repetir sulfuradas proclamas contra babeantes criminales de Estado que orillan los noventa años tiene en general poco que ver con la defensa de los intereses de las clases populares [4].

En un amasijo que mezcla la lucha contra los crímenes de lesa humanidad o por los derechos LGTBI, con menús vegetarianos en los comedores universitarios (¿sabrá este muchacho que la inmensa mayoría de las universidades nacionales no tienen comedores?), establece el programa que debe quedar afuera del MPV, Movimiento Peronista y Vaticano. Ni aborto, ni derechos humanos, ni derechos LGTBI (casualmente todas las luchas que la Iglesia Católica no puede acompañar porque van contra sí misma, principal institución cómplice de la dictadura militar, de la opresión de las mujeres y las personas LGTBI). Es la misma operación que hizo Cristina en la apertura de CLACSO al subordinar la lucha contra el aborto a la lucha contra el neoliberalismo. Como escribí en otra nota [5], esa disociación entre “contradicción principal” (económica) y contradicciones secundarias (como el derecho al aborto legal seguro y gratuito), ha sido una de las parteras del llamado “divorcio” [6] entre el movimiento feminista y los movimientos obreros y populares. Parte de la explicación de ese divorcio fue el giro cada vez más conservador de las organizaciones obreras, dirigidas en Europa por los PC estalinizados y la Socialdemocracia, y en Argentina por el peronismo. La idea de que los derechos de las mujeres eran “cosas secundarias” que no debían ponerse en “primer plano” porque dividía las filas del movimiento de trabajadores (¿les suena?), implicó un proceso de “corporativización” de estas organizaciones que cada vez más fueron reduciendo su programa a salario y condiciones de trabajo, dejando por fuera de sus luchas a las mujeres, pero también a los inmigrantes, a los homosexuales y personas LGBTI, a los negros, a los indígenas. Como si los derechos relacionados con todas esas opresiones fueran externos a la clase trabajadora, externos a su condición obrera: ¿alguien puede aún hoy sostener que ser mujer, trans, negra, inmigrante, indígena no es parte fundamental del modo en que te explotan, el salario que ganás, los puestos de trabajo que conseguís? Pese a la profusa evidencia empírica acerca de la relación entre estas opresiones y el sometimiento de clase, hoy CFK y Grabois vuelven a argumentar la separación entre demandas de género y demandas del “pueblo”, y lo hacen, justamente, en nombre de la lucha contra las políticas corporativas de los movimientos sociales.

Una evangelización para un Frente Patriótico

El último apartado del libro se llama “Hasta las estrellas”. Allí Grabois, luego de haber bajado de un hondazo toda aspiración de revolucionar el estado de cosas, reconoce que “como fin último, como ideal, un capitalismo de rostro humano es algo demasiado mezquino para dar la vida” [7]. Tiene razón (y sabe que a quienes va dirigido el libro, un capitalismo humano no los conforma). Propone, entonces, restituir los ideales, no para discutir el modo de alcanzarlos, sino para que sean “como las estrellas que, aunque inalcanzables, guían tu camino”. Con esa fractura entre posibilidad e ideal, Grabois se propone unir varios mundos, el de los militantes sociales de una “economía excluida” y dependiente del Estado; el de la militancia juvenil que participa en diversos frentes sociales y políticos fragmentados; el de un kirchnerismo que necesita un aura de pulcritud y honestismo luego de la lluvia de bolsos; y finalmente, el más importante, el del catolicismo “popular”, articulador contencioso en los inicios de una profunda crisis nacional. Ventrílocuo entre esos mundos, el libro oscila entre anécdotas populares, reflexiones románticas y citas que emulan erudición. Pero en ese bamboleo permite ir más allá del personaje público y conocer dos trazos que se presentan imperturbables a lo largo del texto: una adhesión orgánica a ciertas marcas propias de su origen de clase media (alta), desde la cual mira a la vida popular como una condición subalterna con rasgos eternos; y, su complemento ideológico, el conservadurismo propio de una religiosidad populista que construyó sus armas teológico-políticas en los ‘60 y ‘70, combatiendo las teologías de la liberación y que hoy, desde la cúspide espiritual del mundo cristiano, enfrenta olas verdes, militancias de izquierda y luchas en las calles como los demonios que habría que exorcizar para lograr la “unidad del pueblo”.

VER TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓN
NOTAS AL PIE

[1Grabois, Juan, La clase peligrosa, Planeta, Buenos Aires, 2018, p. 90.

[2Véase, Varela, Paula “Los límites del territorio” en La disputa por la dignidad obrera, Buenos Aires, Imago Mundi, 2015.

[3Grabois, op. cit., pp. 170-178.

[4Ibídem, p. 178.

[5Varela, Paula, “La contradicción principal”, La Izquierda Diario, 21/11/2018.

[6Rossi, Tina “Para tirar el patriarcado”, IdZ 44.

[7Grabois, op. cit., p. 190.
CATEGORÍAS

[Iglesia]   /   [Juan Grabois]   /   [CTEP]   /   [Macrismo]   /   [Ideas de Izquierda]   /   [Kirchnerismo]   /   [Movimiento obrero]

Paula Varela

Politóloga, docente UBA. Autora del libro La disputa por la dignidad obrera. Miembro del comité editorial de revista Ideas de Izquierda.
COMENTARIOS