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Francia: el retorno del movimiento obrero

Tras dos meses y medio con la juventud universitaria y liceísta a la cabeza de la movilización, las últimas semanas marcan un fuerte retorno del movimiento obrero con huelgas y piquetes.

Juan Chingo

Comité de redacción de Révolution Permanente

Jueves 2 de junio de 2016 | Edición del día

A la vanguardia estuvieron los refineros, acompañados en parte por los camioneros. Luego los trabajadores de las centrales nucleares. El 26 hubo una jornada de huelga en varios sectores del privado: el fabricante de submarinos nucleares DCNS, Amazon, el grupo Peugeot con la fábrica de Mulhouse a la cabeza, entre otras empresas. La huelga no es general, pero es fuerte y se extiende y su fuerza deviene en que golpea sectores estratégicos como los puertos, la filial energética, etc. Y esta semana se suma el transporte: desde el martes hay huelga indefinida llamada por la CGT y otros sindicatos en los trenes, el jueves lo mismo en el transporte urbano de la región parisina y desde el sábado seis días de huelga de los pilotos de Air France. Desde hoy está bloqueada la principal planta de tratamiento de residuos cercana a Paris, la más grande de Europa. También van a parar los portuarios de toda Francia.

Después de la derrota de la lucha contra el aumento de la edad de las jubilaciones en 2010, los sindicatos y la clase obrera aunque había infinidad de conflictos parciales que mostraban la bronca obrera, no lograban articular una lucha de masas. La reforma laboral fue la gota que colmó el vaso y cristalizó los distintos descontentos acumulados contra este gobierno anti obrero y represivo. Esta lucha es la primera significativa contra un gobierno que usurpa el nombre de la izquierda. Ya por eso es histórica: señala un ruptura de izquierda del “pueblo de izquierda” con Hollande y posiblemente el PS. Tal vez este partido termine como el PASOK en Grecia, a pesar que la crisis económica y social en Francia no es aun de la magnitud que alcanzo a este país de la periferia europea.

Una batalla de clase que, más allá del resultado, abre posiblemente un nuevo ciclo de la lucha de clases en Francia y tal vez en Europa, donde los ferroviarios belgas están poniendo mal al gobierno que busca aplicar una reforma a la francesa. Para los lectores de LID, es central seguir esta lucha pues es el enfrentamiento más importante y prolongado de los trabajadores de un país central como Francia, la quinta potencia imperialista, contra los efectos que aún perduran de la crisis mundial abierta en 2007/8.

Un grito contra las insoportables condiciones y el contenido del trabajo

Detrás de la movilización concreta contra la ley, hay un comienzo de insubordinación profunda que está comenzando a expresarse, tan profundo como la explosión contra el despotismo de empresa del viejo capitalismo familiar francés que salió a la superficie de forma abierta durante el Mayo de 1968 y la oleada de ocupación de fábricas. La respuesta patronal a esta rebelión obrera en el corazón del proceso de producción fue, después de los años 1980, una política gerencial de individualización sistemática de la gestión de los asalariados. Esto llevó a un salto en el deterioro en las condiciones de trabajo y en el contenido del trabajo de números trabajadores. Como dice un especialista: “Éste se caracteriza por una intensificación del trabajo, el establecimiento de objetivos individuales cada vez más elevados y difíciles de lograr, el requisito de seguir procedimientos, protocolos, las ‘buenas prácticas’ (decididas por los expertos de los grandes gabinetes internacionales, alejados de la realidad del trabajo concreto de los trabajadores afectados), y una descalificación de la experiencia y los conocimientos resultado de la política de cambio perpetuo”.

Es de este sufrimiento en el trabajo que se nutre la combatividad y la determinación de los huelguistas que durante meses intentan oponerse a la reforma laboral en curso. En épocas de “paz social” habitualmente esto se expresa en el creciente consumo de alcohol y tranquilizantes. Y más trágicamente con la creciente oleada de suicidios que sacude a muchísimas grandes empresas francesas desde hace años. Hoy en día los trabajadores empiezan a rebelarse de forma cada vez más consciente contra esta concepción ‘managerial’ del trabajo impuesta durante el cenit del neoliberalismo en Francia y en el mundo.

Un final abierto

La debilidad e impopularidad del gobierno de Hollande y Valls (su primer ministro), que alcanza niveles inéditos para una presidencia durante el Régimen de la V República, juega a favor de los huelguistas. Más sorprendente aún es que a pesar de los daños y molestias generados por la huelga y el intento incesante del gobierno, la central patronal (el MEDEF) y los medios de comunicación contra los huelguistas, acusados de tomar a los franceses de rehenes o tildados de “terroristas” o “bandidos” en relación al principal dirigente de la CGT, la “opinión publica” sigue oponiéndose de forma sostenida a la reforma laboral. Este apoyo, alcanza niveles altísimos en el electorado de izquierda.

Pero un límite de la huelga es que esta simpatía pasiva con ella no se transforma en un salto en la generalización de la medida a todos los sectores asalariados. Este límite en parte está ligado a que la dirección de la CGT, que se ha trasformado en la principal oposición política a Hollande, no levanta un programa que partiendo del retiro de la reforma laboral se plantee también la lucha contra las condiciones de trabajo, la precarización y el desempleo, que permita desatar las energías y la combatividad de los sectores más precarizados del proletariado o pauperizados como los jóvenes de las banlieues.

La dirección de la CGT se niega a llamar a una lucha de este tipo que podría tener un carácter revolucionario, a la vez que las estructuras sindicales mantienen esencialmente el control del movimiento. Su apuesta como dirección reformista de una parte del movimiento obrero francés está basada en explotar la debilidad coyuntural del gobierno, ayudada a su vez por el calendario ya que en unos días comienza la Eurocopa, para forzar la mano de Hollande. Aunque no podemos descartar que la presión sobre el mismo se transforme en insoportable, el daño que haría un retroceso gubernamental sobre el programa de contrarrevolución social que se perfila en Francia, en especial con un eventual gobierno de derecha en 2017, lo presionan desde el ángulo patronal a no ceder. Tampoco Hollande ni Valls ven una ganancia particular en ceder al estar muy quemados políticamente a izquierda.

La apuesta de la CGT, entonces, podría demostrarse insuficiente. Es por eso, que los trabajadores y jóvenes no solo deberían ser los protagonistas de esta grandiosa gesta sino cada vez más transformarse en su dirección a través de sus propios organismos de autodeterminación para la lucha.








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