Internacional

ELECCIONES EN FRANCIA

El significado subversivo de la campaña de Philippe Poutou

Juan Chingo

Comité de redacción de Révolution Permanente

Martes 11 de abril | Edición del día

El carácter inédito de esta campaña electoral es expresión de la fase terminal de una larga crisis orgánica del capitalismo francés, en la cual las dos alianzas político sociales que han gobernado a Francia desde comienzos de los años 1980, es decir el bloque de “izquierda” (centroizquierda) y el bloque de derecha que se han sucedido en el poder, se han venido desagregando. Desde que escribimos un anterior artículo dando cuenta de esta situación, la incertidumbre no ha cesado de crecer. A menos de dos semanas del primer turno, hay cuatro candidatos en condiciones de arribar a la segunda vuelta (Macron, Le Pen, Mélenchon, Fillon), siendo el fenómeno político del momento, la dinámica de Jean-Luc Mélenchon que aparece como el tercer hombre superando en las encuestas a François Fillon, quien se ha visto ensuciado de forma permanente con los affaires de corrupción y nepotismo.

Detrás de vértigo del proceso electoral se encuentran las dificultades de formar un nuevo bloque histórico. Por nombrar los tres proyectos que por el momento han ocupado el espacio dejado vacante por la crisis del bipartidismo tradicional, tenemos por un lado el intento de formación de un bloque modernista burgués encarnado en la figura de Macron. Esta opción política es coherente en sus objetivos en torno a Europa y el neoliberalismo pero es socialmente minoritario ya que su base de apoyo son los sectores altos y medios de la sociedad a la vez que su proyecto político choca aun con la perduración del clivaje entre la derecha y la "izquierda" a pesar de los grandes pasos dados por este digno heredero de Hollande. Digno heredero ya que el actual presidente fue el primero que no incorporó a un componente histórico de ese bloque de “izquierda” en su gobierno, como es el caso del PCF, a la vez que intentó reformar una pieza clave del compromiso social francés de la posguerra, como es el Código de trabajo, dinamitando la ya moribunda alianza de la “izquierda”.

En oposición a este proyecto, se levanta el polo soberanista de derecha encabezado por Marine Le Pen que, a diferencia del anterior, carece de una homogeneidad social y coherencia de proyecto federados alrededor del soberanismo, siendo fundamentalmente un conglomerado electoral conformado por sectores sociales distintos, a menudo opuestos políticamente como es el caso de los obreros y los pequeño comerciantes a la vez con orientaciones bien heterogéneas en relación al rol del estado y los servicios públicos o la apreciación de las ganancias y de la empresa, contradicciones económico sociales profundas que en el caso de que el FN llegara al poder nadie podría contener.

Por otra parte, la destrucción del bloque de “izquierda” ha abierto el espacio no solo a esta variante progresista burguesa, sino a una a la izquierda de la “izquierda”, a Mélenchon y su Francia Insumisa. A diferencia de 2012, donde se ubicaba como sector de presión sobre el bloque histórico de “izquierda” capitalizando la franja más radical del antisarkozismo, el actual proyecto de este fanático de Mitterrand es un soberanismo de izquierda, dando paso a la Marseillaise y la bandera tricolor y no a la Internacional y la bandera roja. No queriendo como en la anterior campaña ser el nuevo Marcháis [1], vuelve al esquema fácil populista del pueblo versus las elites, olvidando la estructuración antagónica en clases sociales que no se resumen en su cacareado interés general. En su revolución ciudadana la clase obrera se disuelve en un componente más del bloque heterogéneo de las clases populares, yendo al cruce del programa histórico y del rol potencialmente hegemónico del proletariado con sus métodos de lucha y organismos de combate propios e independiente de toda variante burguesa para conformarse en un mero cambio de la Constitución en los marcos del actual sistema de dominio. A nivel europeo, y después del fracaso calamitoso de Tsipras (Grecia), Melenchon habla de un eventual Plan B misterioso, pero apuesta todas sus fichas a una dudosa modificación de los Tratados y de la política de la UE basándose en el mayor peso de Francia (segunda economía europea) con respecto a Grecia para hacer girar la política neoliberal y de austeridad de la actual UE. Sin embargo, más allá de los límites de su programa y de las dificultades que luego tendrá en transformar sus avances electorales en partido, que haya surgido un espacio de masas a la izquierda de la “izquierda” demuestra la real polarización en curso del panorama político francés: de repente los analistas superficiales de la realidad que solo veían una supuesta “derechización de las masas” como solo horizonte se están desayunando con la novedad, como los mercados financieros, que pasaron de considerar el riesgo Le Pen a empezar considerar el riesgo Mélenchon.

En ese marco, que los anticapitalistas se hayan hecho oír fuertemente, como lo hizo Philippe Poutou, candidato del NPA, en el último y único debate presidencial con los 11 candidatos en disputa –de lo que dieron cuenta los diarios del mundo entero desde el centroizquierdista The Guardian, pasando por el Financial Times hasta el New York Times- es una confirmación del clima radicalizado y volátil que venimos de describir a la vez que del carácter subversivo de su campaña para el campo político francés.

Las características (de la crisis) del campo político y mediático francés: la exclusión deliberada de los sectores populares

Como correctamente explican Bruno Amable y Stefano Palombarini en un libro que acaba de aparecer [2], en Francia desde hace décadas las clases populares están sin representación política. Así, “… la característica especifica de la crisis francesa es la exclusión más o menos completa de las clase populares de las alianzas sociales sobre las cuales, en el curso de las últimas décadas, la acción gubernamental (de izquierda o de derecha) ha intentado apoyarse” (pág. 25). En el caso del bloque de derecha sus dificultades provienen del hecho de que, desde que finalizado el boom de la posguerra y con la caída del crecimiento económico, es cada vez más difícil congeniar los intereses de los sectores de artesanos, comerciantes y pequeños entrepreneurs con los sectores de obreros y empleados del sector privado que, aunque no de forma mayoritaria pero de forma significativa, apoyaban a esta opción política hegemonizada por los sectores medios y altos de capitalismo privado francés. Mientras las tendencias de los primeros es a presionar por la liberalización del mercado de trabajo y las “cargas” que implican el llamado “Estado benefactor”, los segundos tienden a buscar más protecciones frente a la crisis. Sin embargo, la exclusión de las clases populares del bloque de la “izquierda”, cuyo salto se produce después de la decepción de los sectores populares con el gobierno de Miterrand y continúa desde ese momento de forma gradual hasta la presidencia de Hollande y la explosión a derecha e izquierda de lo que quedaba de ese bloque con un pequeño residuo, a la Pasok, del PS, tiene otro carácter. Es un intento deliberado de los partidarios de la Europa del capital y neoliberal en las filas de la “izquierda”, que tienen a los principales referentes del PS a la cabeza -desde Jaques Delors, ministro de economía de Miterrand y principal artesano luego del giro neoliberal de la UE como su presidente, Michel Rocard, el jefe político de la llamada “segunda izquierda”, y el mismísimo Mitterrand a la cabeza del tratado de Maastricht que sienta las bases del proceso que llevara al euro- de liquidar la alianza política de la izquierda excluyendo al PCF y orientándose a una alianza más de centro (con los “sabios de todos los campos” cómo decía a Delors), buscando descalificar a los obreros como sujeto susceptible y deseable a ser ganado para ese proyecto burgués modernista.

El resultado de la operación anterior es de presentar a los obreros como un sujeto conservador y culturalmente atrasado que está perdido definitivamente hacia el campo del FN y que constituye un obstáculo a todo proceso de “modernización liberadora” de Francia, que permita desatar la energía de los “outsiders” contra los “insiders”, estos últimos “retrógrados” que se atañen a sus status y conquistas del pasado. En fin, “conservadurismos” que no permiten el despliegue de la destrucción creativa del capital, solo camino por el cual la Francia podrá volver a ser un actor a la altura de sus pretensiones de gran potencia en competencia con al Alemania que ya hizo este trabajo sucio sin perder su competitividad. Como dice un documento conocido de la Fundación Terra Nova, ligada al PS: “La identidad de la coalición histórica de la izquierda se encontraba en la lógica de clase: los trabajadores ‘explotados’ frente a los patrones y representantes del capital; los asalariados más bajos, obreros y empleados, contra los cadres [mando intermedio en las empresas, NdeR] y las clases medias superiores. […] La recomposición en curso se hace alrededor de los valores. Se estructura en torno a la relación con el futuro: la inversión en el futuro contra la defensa del presente. La nueva izquierda tiene la cara de la Francia del mañana: más joven, más femenina, más diversa, más diplomada, más urbana. Esta Francia del mañana, en construcción, está unida por valores culturales: busca el cambio, es tolerante, abierta, solidaria, optimista, ofensiva. La Francia del mañana se opone a un electorado que defiende el presente y el pasado contra el cambio”. En fin, para estos partidarios del bloque burgués modernista, la izquierda debería recomponerse por lo tanto ya no en base a una lógica de clase sino de valores.

En este marco, la operación interesada de presentar al FN como el “nuevo partido de la clase obrera” no solo sirve a exagerar desmedidamente la fuerza real de Marine Le Pen sino que sirve también al intento de construcción del bloque burgués en oposición completa a los intereses de los sectores populares y declarando como ineluctable la crisis de la relación entre la “izquierda” y los obreros [3]. La realidad es que si se toma en cuenta la abstención y los sectores que no se inscriben en el padrón electoral, así como los inmigrantes, el FN recibe un voto sobre 7 en los sectores obreros, sin hablar que está muy lejos de la influencia orgánica que alguna vez gozó el PCF en el seno de la clase obrera.

Lo único cierto a este mito que podemos afirmar es que “el FN… representa -al menos estadísticamente- el mejor -o por ser precisos, ‘lo menos peor’- a las clase populares, es decir, es la que menos la sub-representa” [4].

El discurso de Poutou, un tiro a la línea de flotación al “discurso único” del carácter conservador y culturalmente retrógrado de los obreros

La intervención de Poutou en el segundo debate presidencial no solo fue un buzz [5], sino que mostró la potencialidad hegemónica de un discurso y programa obrero independiente frente a la profesionalización, corrupción e impunidad de la vida política, ya sea de los mismos que como Fillon luego piden ajustarse los cinturones a los sectores populares o los que como Le Pen , utilizan las prebendas e inmunidades del sistema al que dicen demagógicamente combatir para beneficiarse y defenderse a diferencias de las “pequeña gente” que de forma engañosa dicen defender.

Más a fondo la aparición de un obrero anticapitalista como Philipe Poutou y la inmensa popularización de sus intervenciones [6] mostraron que era posible un discurso y programa fuerte y hegemónico de la clase obrera y que la palabra "trabajador", desaparecida del espacio mediático, podría evocar un significado profundo para millones de explotados y oprimidos. Tanto por la enorme simpatía en los lugares de trabajo, de estudio y en las redes sociales así como de forma inversamente proporcional por el profundo odio de clase que desató en supuestos filósofos y periodistas, verdaderos “perros de guardia” del capital, muestra que la clase obrera no está destinada a ser excluida del campo político (como demuestra la enorme abstención que caracteriza centralmente a los sectores obreros y de empleados) ni a ser el sujeto amorfo y desesperanzado del proyecto soberanista y xenófobo del FN. Por el contario, la clase trabajadora tiene todas las potencialidades - si supera sus divisiones, si lucha con un programa hegemónico que refleje las aspiraciones profundas de todos los sectores en especial de los sectores más explotados del proletariado como los precarios, los desocupados y los jóvenes de las banlieues - en transformarse de nuevo en las llamadas clases peligrosas para el dominio de la burguesía, que han caracterizado la vida (y la muerte) del movimiento obrero francés con sus gloriosas y heroicas páginas de luchas y revoluciones.

El discurso y la campaña electoral de Poutou muestra que desde una lógica de clase – en oposición a toda lógica ciudadana como la del proyecto estratégico de un “PODEMOS a la francesa” que impulsa una parte de la dirección histórica de la ex LCR/primera minoría de la dirección del NPA- es posible romper la trampa infernal identitaria o basada en supuestos valores culturales de neoliberal/modernizado versus conservador/tradicional, asociando a los obreros a esta segunda opción que solo sirve para justificar dos proyectos burgueses reaccionarios: un neoliberalismo europeísta o un nacionalismo chauvinista. Ya por eso, la campaña de Poutou ha servido para dar moral y esperanzas a un sector de los explotados.

Notas

[1] Nombre del antiguo secretario general del PCF que sello el acuerdo con Mitterrand que permitió a la izquierda por primera vez arribar al poder en la V República nacida en 1958.

[2] “L’illussion du bloc burgeois”, Bruno Amable y Stefano Palombarini, Raisons d’agir 2017

[3] En la misma nota, Terra Nova dice sin ninguna demostración fáctica sino solo en base a su ideología, que “Por la primera vez después de treinta años, un partido político está en correspondencia con el conjunto de las aspiraciones obreras”. Decimos ideológicas pues todas estas afirmaciones tiene el objetivo preciso de liquidar hasta simbólicamente toda potencialidad progresiva o capacidad liberadora del proletariado. La agresividad de sus proposiciones , que se siguen en el campo mediático como ha podido sufrir el mismo Philipe Poutou en uno de los programas de televisión de varietés más vistos del sábado, tiene la función reaccionaria de liquidar en el imaginario colectivo el enorme peso de los obreros y sus luchas en la conciencia de las masas ligado a la más o menos reciente historia de Francia en donde todo los avances sociales se lograron gracias a la lucha de clase obrera desde la reducción de la jornada de trabajo, las vacaciones pagas por nombrar algunas conquistas sociales hasta cosas impensadas como el Festival de Cannes donde la CGT jugo un rol importante en su creación.

[4] “‘L’électorat’ du Front National. Retour sur deux ou trois ‘idées reçues ‘», Patrick Lehingue en « les Classes populaires et le FN », Editions du Croquant 2017 pág. 38

[5] Para Laurrent Joffrin director del socialdemócrata Libération : “Su remate (punchline, en el texto en francés) ‘para nosotros, cuando somos convocados [por la policía, ndeR], no hay inmunidad obrera- va a permanecer en los anales de los debates presidenciales”.

[6] En el día de hoy una encuesta ubica a Poutou como el cuarto político más convincente con un 27%, adelante de Fillon y Benoit Hamon del PS y ahí nomas de Marine Le Pen. La encuesta la encabeza Mélenchon, que después del primer debate goza de una enorme popularidad, seguido de lejos por Macron.






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