Cultura

EL TELESCOPIO

El rezongón de la calle French. Destierros, memorias y un helado

Cuando la inmigración duele, un helado con la nieta acaricia la nostalgia.

Viernes 27 de septiembre de 2019 | 07:55

Testarudo, de poco humor, un tanto cascarrabias al punto de padecer molestia aguda casi como una enfermedad. Unos anteojos de gruesos vidrios verde oscuro y el infaltable sombrero. Ojos achinados y una cara inmensamente arrugada. Así lo recuerdo.

La casa donde vivía con su compañera daba a los fondos de la metalúrgica Siderca, fábrica que fue el patio de muchos niños y niñas de la cuadra cuando el alambrado era fácil de sortear en las viejas décadas.

Esa cuadra era un mapamundi idiomático, mayoritariamente europeo. Las conversaciones en las veredas de la French eran desopilantes; una maravillosa mezcla de un castellano en construcción y las lenguas de cuna que acunaban los sueños de aquel hogar dejado por voluntad propia o ajena.

Él no era muy sociable con las frases hacia las otras personas, salvo por cuestiones laborales. Podríamos decir igual que era un políglota en el nuevo mundo: castellano para el trabajo, idish para la conversación con los hijos, polaco con su compañera para hablar de cosas “serias”; un buscavida de la lingüística sin siquiera pensarlo.

De un modo extraño, o a su modo, a veces demostraba algún cariño. Me acuerdo ser de las privilegiadas que podían entrar al maravilloso cosmos de su “negocio”, una habitación convertida en tienda de ramos generales.

Jugar con las telas para los pintores del jardín o para hacer servilletas, la ropa grafa de trabajo, las coloridas sábanas y frazadas. “Jugá sin hacer lío”, decía con una leve elevación de sus comisuras.

Pasar por su habitación significaba encontrarse con la imagen de la “abuela mala”, el único retrato de su madre (una mujer poco querible y querida, de ahí lo de “mala”, así decían). Su mirada intimidaba pero también invitaba a imaginar esa vida teñida de guerra, persecución y muerte que hizo que parte de su descendencia esté de este lado del agua.

Esos ojos llegaron a la otra costa a través de su hijo, trasmutados en un silencio histórico, con dejos de tristeza pero fuertes para seguir construyendo familia. Sus bisnietos fueron la bisagra en la historia enmudecida. El libro movió sus hojas.

Parido en tierras polacas, rusas o de por ahí. En aquel tiempo los autoproclamados dueños del mundo se repartían las tierras de los pobres; hoy de aquí, mañana de allá.

Dicen que peleó en el Ejército Rojo, dicen que fue partisano, que conoció a su hijo a los cinco años en un campo de refugiados. De su familia no quedó rastro alguno. Eso dicen, aunque hay algunos que buscan por internet algo relacionado al apellido para no saberse perdido.

Bajo el Perón del 49 llegó con su compañera y sus críos buscando respirar. Tardaron un poco pero lo fueron consiguiendo. Respirar…

No sabía leer ni escribir. Jamás lo cagaron en su trabajo, dicen que manejaba una libreta con puntitos para saber quién debía y quién no. Cuentenik (vendedor ambulante) que bicicleteaba todos los barrios de la ciudad todos los días.

En su tocadiscos sonaba Ramona Galarza y un poco de folclore; nunca le pregunté de dónde había sacado ese gusto musical. Quizás fue para sentirse más próximo a estas tierras.

Pudo jubilarse como trabajador, lo fue como pudo. Su salud le fue jugando malas partidas y tuvo que mudarse cerca de sus hijos. Otro desarraigo. Creo que ya no le importó, al tiempo murió.

Ser inmigrante deja tela rota, que estando desgarrada, cuesta remendar pero a veces se logra. El inmigrante siempre siembra donde pisa.

Yo me quedo con un hermoso momento sublime de amor. De los pocos.

French 222, Campana. Salimos los dos con su bici a comprar un helado a la Avenida Mitre, mi abuelo Aarón y yo.







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