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Desfinanciar, abolir, sindicalizar: ¿qué hacemos con la Policía?

Las revueltas contra el racismo en Estados Unidos irrumpen en medio de la crisis económica y sanitaria que atraviesa el país. Se meten de lleno en la disputa electoral entre el Partido Republicano y el Demócrata y reavivan el debate en las juventudes de todo el mundo sobre la tan odiada policía: sindicalizar, desfinanciar, abolir. ¿Qué hacemos con ellos?

Guadalupe Oliverio

Estudiante de antropología, Facultad de Filosofía y Letras UBA

Martes 1ro de septiembre | 23:57

El asesinato de George Floyd en Estados Unidos despertó un gigante dormido. Hace tres meses el corazón (racista y podrido) del imperialismo no tiene paz. Jóvenes y trabajadores tomaron las calles y enfrentan noche y día a las fuerzas represivas. En plena pandemia, un grito desgarrador contagió las bocas de todo un país: “no puedo respirar”. Las últimas palabras de Floyd se multiplicaron, pero la violencia policial no cesa: en Wisconsin dispararon siete veces contra Jacob Blake, otro joven negro que intentaba frenar una pelea callejera y hoy está peleando por su vida en un hospital.

“Nos humillan, nos pisan, somos discriminados, nos hacen sentir que no pertenecemos a esta ciudad y no lo vamos a tolerar más. Ahora nos ven. No vamos a preguntar más, no vamos a rogar más, no pensamos retroceder” dice un joven mientras inundan las calles de Washington, 57 años después del día en que Martin Luther King pronunció su famoso discurso “I have a dream” (tengo un sueño) que quedó marcado a fuego en la memoria de toda una generación.

Las cifras del horror

Estados Unidos es el cuarto país con más policías. Cuenta con 780.000 efectivos siendo 328 millones de habitantes. En 2019 hubo solo 27 días en los que las fuerzas armadas no mataron a nadie. Asesinan 1000 personas por año y esta es la sexta causa de muerte entre varones de 25 y 29 años, lo que llevó a la Asociación Médica estadounidense (el gremio más grande de salud del país) a considerarlo un “problema de salud pública”.

Distintas investigaciones, visibilizan que la violencia sistemática que ejerce el Estado desde sus fuerzas de seguridad está fuertemente atravesada por el racismo: la población negra representa el 28% de los asesinados por la policía desde 2013, a pesar de ser solo el 13% de la población total. En este sentido, el Centro de Investigación Pew, publicó que el 44% de los afroestadounidenses entrevistados aseguraban haber sido injustamente detenidos.

Mapping Police Violence, un grupo de investigadores que recopilan datos para cuantificar el impacto de la violencia policial en las comunidades, demuestra cómo el 99% de los policías responsables materiales de asesinatos no fueron siquiera acusados de delito por la Justicia.

¿Y los sindicatos policiales?

En Estados Unidos la policía está organizada sindicalmente. La AFL-CIO (Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales, por sus siglas en inglés), es la federación de sindicatos más grande del país y representa a 12 millones de trabajadores de distintas ramas. Dentro de ella, se encuentra la IUPA (Unión Internacional de Asociaciones de Policía) que representa a más de cien mil uniformados y el Consejo Nacional de la Patrulla Fronteriza, cuyos 18 mil miembros son los encargados de perseguir y asesinar a los inmigrantes en la frontera con México.

Frente al asesinato de George Floyd, los representantes gremiales de los policias que lo estrangularon hasta su muerte salieron a defender el accionar de sus afiliados. Tildaron de ilegales los despidos de los policías responsables y le inventaron a Floyd un historial criminal para “justificar” de esa manera el asesinato.

La presión de los sindicatos es tan fuerte, que los oficiales fueron arrestados tras cuatro días de intensas protestas, pero aún hoy, sigue sin haber juicio. No están condenados e incluso dos de ellos están libres luego de haber pagado una fianza.

De la misma forma actuaron en el reciente caso de Jacob Blake. Pete Deates, el presidente del sindicato policial de Kenosha, dijo sobre el caso que “el video que circula actualmente no captura todas las complejidades del incidente altamente dinámico” y pidió a la población que se abstenga de emitir juicio hasta que los hechos sean conocidos y publicados.

La tarea de estos sindicatos es garantizar la impunidad de sus miembros. Que no sufran represalias a la hora de asesinar, torturar, abusar o reprimir (que es para lo que están en servicio). Para esto, desarrollaron cláusulas dentro de los Convenios Colectivos de Trabajo (obviamente, pactados previamente con los gobernadores de cada estado, tanto demócratas como republicanos).

Estas estipulan cómo deben ser los interrogatorios evitando que sean inmediatamente después del hecho, limitan el tiempo, deciden quién se sienta frente a los agentes, qué tipo de preguntas se pueden realizar y cuáles no están permitidas. En algunos estados incluso regulan el tiempo en el que es válido para la población presentar denuncias hacia el personal policial, reduciéndolo hasta 60 días desde el hecho. Posibilitan a los efectivos bajo investigación el acceso a información que los civiles no pueden obtener antes de ser interrogados, permitiéndoles así modificar y alterar sus declaraciones. Evitan que consten las conductas de violencia y abusos en el historial personal de los oficiales y muchas veces estos legajos se eliminan pasados los dos años. Y como si fuera poco, regulan la intervención de los organismos y colectivos por los derechos civiles en las investigaciones.

Una de las consignas que surgió del movimiento por Black Lives Maters es “no pigs allowed” que en castellano significa “no se admiten cerdos”. “Out of our unions” dicen en las pancartas, en otras palabras: “fuera de nuestros sindicatos”.

Left Voice, parte de la red internacional de La Izquierda Diario, se sumó a esta campaña, consiguiendo miles de firmas en los distintos lugares de trabajo. Amplios sectores de trabajadores de la federación (AFLO), conmovidos e impactados por este enorme movimiento juvenil, resolvieron exigirle a su dirección la expulsión inmediata de la policía de las organizaciones obreras. A la cabeza de esta pelea está el sindicato de maestros de Los Ángeles (el segundo más grande del país), el de Chicago, distintos sindicatos de escritores, el Consejo Laboral del Condado que reúne a más de 100.000 trabajadores en Seattle y la asociación de auxiliares de vuelo, entre tantos otros.

Un presidente incendiario, un movimiento que no frena

Black Lives Matter se está transformando en nada menos que el movimiento más grande en la historia de los Estados Unidos. En una nota del 3 de Julio, el New York Times reconoce que se estaban realizando 140 movilizaciones por día en plena pandemia. El mismo diario, publicó que participaron en total 26 millones de personas y una encuesta de la Universidad de Monmouth muestra que existe un 78% de aprobación a las protestas por parte de la población, lo que expresa sin duda cambios muy profundos en la forma de pensar por parte de amplios sectores de la población.

El movimiento está irrumpiendo en todas las dimensiones y el deporte no es ajeno. La NBA tomó la decisión histórica de cancelar durante dos días los playoffs para visibilizar la lucha en la comunidad negra. Y las mujeres de la WNBA se hicieron virales en las redes sociales de todo el mundo por presentarse a jugar con camisetas que en su espalda mostraban los siete balazos que recibió Jacob Blake.

Los trabajadores y trabajadoras que mueven todos los días la economía de la principal potencia imperialista del mundo, no se quedaron al margen. A las peleas que se dan en sus sindicatos por expulsar a los policías, se sumaron a esta oleada de manifestaciones con huelgas y paros en apoyo al movimiento Black Lives Matter y por las condiciones de vida de toda la comunidad negra en Estados Unidos.

Es que el racismo estructural no termina en la violencia policial. La desigualdad se ve aún más crudamente en el contexto de la crisis económica y sanitaria que vive el país. Son ellos quienes poseen los peores trabajos, los más precarizados y peores pagos: una familia negra cobra poco más que la mitad de los ingresos que percibe una blanca. Tienen el doble de probabilidades de estar desempleados. Y el acceso a la salud (en comparación con el resto de la población) es más bajo, por ende, mayores son las cifras de muertes por Covid-19.

La idea de que el movimiento se siga desarrollando unido a la fuerza de los trabajadores, no deja dormir a los dirigentes políticos y los grandes empresarios del mundo.

El presidente Donald Trump, frente a las primeras expresiones de este movimiento (que ya mostraba que se estaba desatando una furia contenida por siglos), no hizo más que tirar leña al fuego. Tildó de “terroristas” las protestas, alertando la amenaza que significaban en “el modo de vida norteamericano” el cuestionamiento a la policía. Lejos de hablar de los abusos policiales, marcó agenda con “el aumento de la delincuencia” con respectos a los robos y homicidios.

“Más de 180.000 personas con expedientes criminales que fueron deportados del país, esta noche deambulan libremente amenazando ciudadanos pacíficos. El número de nuevas familias inmigrantes ilegales que cruzaron la frontera ya excede todo el total del 2015. Están siendo soltados por decenas de miles en nuestras comunidades sin pensar en el impacto en la seguridad pública y los recursos.” dijo en un acto y siguió replicando por distintos medios, como una forma de represtigiar a las fuerzas de seguridad.

Mientras las calles volvieron a encenderse por las enormes revueltas de odio contra el racismo que desató la balacera contra Jacob Blake, el Partido Republicano realizó su conferencia, entrando así en el último tramo de campaña. Trump (y su familia) mantienen la estrategia de presentarse como alternativa al “caos” de las marchas y los saqueos, y no dejó pasar la oportunidad para advertir que “el comunismo” acecha a los Estados Unidos. “Vamos a volver a ser el país de la ley y el orden”, es la promesa.

“No nos hablen de los saqueos, son ustedes los que han saqueado. EEUU ha saqueado a los negros, a los pueblos indígenas cuando llegaron aquí por primera vez. Así que saquear es lo que hacen ustedes, lo aprendimos de ustedes”, respondían los activistas desde las calles.

Los discursos enunciados desde el gobierno, están envalentonado a sectores supremacistas blancos, exacerbando la violencia que ya existía por parte del Estado y sus instituciones. La idea del America First, de “volver a hacer América grande” que repite Donald Trump desde que asumió como presidente, invita a sectores de la población a defender los más crudos valores guerreristas, racistas y colonialistas de la sociedad.

Estos grupos, que tienen como consigna “las vidas azules (policiales) valen” están apareciendo armados en las marchas para ayudar a hacer el trabajo sucio de la policía. Así vimos cómo un joven de 17 años, seguidor de Trump, asesinó en Wisconsin a dos manifestantes que pedían justicia por Jacob Blake. Pero este hecho no fue un “rayo en un cielo sereno”; convivió esa noche con la represión que llevaba adelante la policía del Partido Demócrata que gobierna ese estado.

Lejos de la idea que intenta instalar Trump, de que sus contrincantes del Partido Demócrata son quienes impulsan las movilizaciones contra su gobierno, estos mostraron que en cada estado donde gobiernan reprimieron duramente, impusieron toques de queda, abrieron causas penales sobre los manifestantes que ellos mismos llevaron detenidos e impusieron altísimas multas.

Queremos desfinanciar la policía (¡a cero!)

En la ciudad de Nueva York una de las demandas que comenzó a crecer fue “defund the police” (desfinanciar a la policía) como una forma de quitarle poder a esta institución, que recibe más recursos que las escuelas e incluso la salud en el medio de una crisis sanitaria donde millones no tienen siquiera la posibilidad de tratarse en los hospitales.

El movimiento fue tan fuerte que Andrew Cuomo, gobernador de Nueva York por el Partido Demócrata, se vio obligado a anunciar un recorte presupuestario de mil millones de dólares en su policía, lo que equivale a un 16%. Un primer golpe para estas fuerzas y un hecho histórico en Estados Unidos que debe llenar de fuerza al movimiento para ir por más. Obviamente esto no elimina a la policía ni al papel que juega en la sociedad capitalista. No evita que continúe arrestando, reprimiendo, estrangulando y asesinando, algo que la burguesía y el propio Partido Demócrata necesitan a la hora de gobernar. Por eso, sectores del movimiento plantean que hay que desfinanciar a la policía... a cero. Terminar de raíz con esta institución.

En la convención que realizaron los demócratas hace días (donde confirmaron las candidaturas a presidente y vice para las elecciones), la consigna de desfinanciamiento fue eliminada definitivamente de su plataforma electoral, pese a la propuesta del “ala izquierda” de Bernie Sanders (que se bajó hace meses de la interna presidencial) y Alexandria Ocasio Cortez.

Joe Biden y Kamala Harris fueron proclamados candidatos y si bien estos sectores que se dicen de “izquierda” plantean que “no es el mejor candidato que tenemos, no es el que nos gustaría tener” llaman a votarlos porque “es mejor que cuatro años más de Trump”.

El camino del mal menor que propone Bernie Sanders, conduce al enorme movimiento que se expresa en las calles a votar por un candidato que propone “disparar a las piernas, en vez del corazón” a las personas desarmadas y una plataforma que no contiene ninguna de sus demandas con respecto a la policía.

Llamar a esos jóvenes y trabajadores que desde las calles cambiaron la forma de pensar de millones, a conformarse con el viejo régimen, bloquea la posibilidad de que nazca uno nuevo. Es una traba a la construcción de una expresión política independiente de los dos partidos que los arrastraron a esta situación.

La fuerza está. La tarea es escapar de los márgenes de los partidos de siempre, para llevar hasta el final esta lucha histórica.

No justice, no peace. Abolish the police.

Mucha agua pasó debajo del puente desde el surgimiento de la policía en Estados Unidos. Muchos fueron los atropellos cometidos contra la clase trabajadora, los jóvenes, los afro, los migrantes y sectores populares, sin embargo, esta es la primera vez que la consigna “abolish the police” (abolir la policía) se vuelve masiva.

Esta institución que nació como patrullas al servicio de los propietarios de esclavos, hoy es la encargada de defender a los grandes magnates del imperialismo. Desde los escritos de Marx podemos entender estos cambios: con el surgimiento del Estado como “la junta que administra los intereses de la burguesía" esta nueva clase dirigente necesitó unificar a sus fuerzas represivas, teniendo bajo su dominio el monopolio de las mismas con el fin de proteger a unos pocos poseedores de la propiedad privada, de los muchos otros que nada tienen. Así reprimen a los trabajadores y trabajadoras cuando van a la huelga, intentan dispersar las movilizaciones masivas y acechan los suburbios aterrorizando a jóvenes y trabajadores de la comunidad negra para disciplinarlos.

Kevin Anderson, profesor de la Universidad de California plantea en una entrevista para La Izquierda Diario, que la demanda de “abolish de police” que levanta el movimiento en sus carteles, en las redes sociales y entrevistas, debe ir ligada a una perspectiva anticapitalista. Anderson desarrolla que para abolir definitivamente la policía, es necesario abolir el capitalismo y los antagonismos de clase.

“Si mañana a la mañana yo muevo mi varita mágica” dice “y así es que terminamos con la fuerza policial de Los Ángeles, lo que pasaría es que todos los ricos y los intereses privados simplemente empezarían a contratar policías privados, eso es lo que harían”, explica, remontándonos nuevamente a los orígenes de esta institución.

En otras palabras, la policía existe y va a existir mientras haya clases sociales y unos pocos necesiten aplastar y controlar a las mayorías, para que no alteren el orden social existente.

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Black Lives Matters es una gran noticia para quienes nos consideramos revolucionarios: el mundo entero los está mirando, contagiándose esta fuerza para enfrentar a sus propios represores y sacando conclusiones importantísimas de este enorme proceso que sin estar cerca de su final, ya se reservó unas cuantas páginas en los principales libros de historia que se escribirán en el futuro. Generaciones enteras en el corazón del imperialismo ya decidieron: quieren poner fin a los abusos policiales y para eso no hay medidas “a medias”. El capitalismo los está asfixiando. Es a todo o nada.

Por eso, tenemos el desafío como revolucionarios y revolucionarias, de aportar a una salida de fondo a estos reclamos, contra todos los intentos del Partido Demócrata de sacar al movimiento de las calles y llevarlo a las urnas . Esto implica levantar una perspectiva independiente de ambos partidos, apostar a que los trabajadores, se pongan de pie ahí donde más molesta a los poderosos que a su vez oprimen y explotan países enteros.

Si la lucha antirracista se fusiona con la lucha del conjunto de la clase obrera por evitar que el imperialismo descargue la crisis sobre sus espaldas, nuestra generación va a ver una fuerza social imparable capaz no solo de terminar con la violencia policial, sino de poner en cuestión de una vez por todas, el dominio capitalista que la da origen.

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